Esa sensación no se iba.
Desde anoche tenía algo extraño en el cuerpo, un tirón leve que comenzaba en la base del cuello y se extendía hacia la espalda, justo donde nacía la cicatriz. No era dolor. Si lo hubiera sido, sería más fácil ignorarlo. Esto era… otra cosa.
Incomodidad.
Como si algo estuviera ahí... sin estar.
Me moví apenas sobre la silla, intentando acomodarme, pero no cambió nada. La sensación seguía igual, constante, silenciosa, imposible de ubicar con exactitud.
Exhalé despacio y bajé la vista hacia la tela.
No tenía sentido.
Quizás era el frío. O la tensión. O simplemente mi cuerpo reaccionando a todo lo que había pasado el día anterior.
El mercado. Caden. El libro.
Mi mirada se desvió, casi sin querer, hacia la bolsa donde lo había guardado.
No lo había vuelto a tocar y aun así, no había dejado de pensar en él.
Aparté la vista de inmediato, como si eso bastara para cortar el hilo de pensamientos, y tomé la aguja con más firmeza de la necesaria. Tenía trabajo que hacer y esta vez, no iba a distraerme.
Al principio funcionó.
Las telas respondían bien bajo mis manos, la aguja avanzaba con precisión, y por un momento todo volvió a ser lo de siempre: hilo, puntadas, medidas exactas. Control.
Hasta que dejó de serlo.
El tirón cambió… se desplazó.
Descendió lentamente por mi espalda hasta concentrarse en la cicatriz, y entonces el calor apareció, suave al inicio, casi imperceptible… pero suficiente para hacerme detener.
Fruncí el ceño.
Eso sí no era normal.
Solté el hilo con cuidado y llevé la mano hacia atrás, rozando la tela de mi vestido. No podía tocarla directamente, pero lo sentí igual.
La cicatriz estaba caliente.
Tragué saliva.
Siempre había estado ahí, sin más. Inmóvil. Silenciosa.
Hasta ahora.
Me obligué a apartar la mano. No era nada.
No podía ser nada.
Volví a la aguja. Una puntada. Dos. Tres
El pulso llegó sin aviso.
La aguja se me escapó de los dedos y golpeó la mesa. El sonido fue pequeño, pero en el silencio de la habitación se sintió más fuerte de lo que debería.
Me quedé quieta y el latido volvió más profundo, como si no viniera de mí. Como si… respondiera a alguien.
Parpadeé y por un segundo no estuve ahí. No fue una imagen completa. No fue un recuerdo.
Fue una sensación.
Piedra bajo los pies, aire frío y un espacio cerrado. Oscuridad.
Un latido.
Abrí los ojos de golpe.
El hilo se había tensado entre mis dedos sin que me diera cuenta, marcando mi piel.
Respiré hondo, intentando estabilizarme.
No tenía sentido, nada de esto lo tenía.
—¿Grace?
Levanté la vista de inmediato. Alice estaba en la puerta.
No la había escuchado llegar.
—¿Desde cuándo estás ahí? —pregunté, soltando el hilo.
—Lo suficiente —respondió, acercándose despacio—. Te quedaste… quieta.
Forcé una sonrisa leve.
—Estoy bien. Solo me distraje.
Alice no respondió enseguida.
Su mirada bajó a mis manos, luego a la tela… y finalmente a mi espalda.
—¿Otra vez la cicatriz? —preguntó.
Sentí cómo mi cuerpo se tensaba apenas.
—¿Por qué dices “otra vez”?
Se encogió de hombros, como si no fuera importante.
—A veces te tocas la espalda.
No era mentira.
—No es nada —dije—. Debe ser el frío.
Alice asintió, aunque no parecía del todo convencida.
Se acercó un poco más a la mesa, observando el traje.
—¿Es para él? —dijo en voz baja.
Asentí.
El silencio entre nosotras cambió apenas, casi imperceptible.
—¿Ya lo viste? —preguntó y yo negué con la cabeza.
—No.
Alice inclinó ligeramente la cabeza.
—Dicen que ya está en el palacio.
El tirón volvió.
Bajé la mirada de inmediato.
—Bueno… —murmuré— tarde o temprano iba a pasar.
Alice no respondió.
Y por un instante tuve la sensación de que me estaba observando más de lo normal.
—Deberías descansar un poco —dijo—. Te ves… tensa.