El salón de pruebas era más grande de lo que imaginaba.
No por su tamaño en sí, sino por el silencio que lo llenaba. Todo allí parecía contenido, medido, como si incluso el aire supiera que no debía moverse más de lo necesario. Las ventanas altas dejaban entrar una luz fría que caía directamente sobre el centro de la sala, donde un maniquí esperaba con el traje a medio terminar.
Tragué saliva y ajusté los guantes en mis manos.
—Recuerda el protocolo —murmuró Madeline a mi lado, sin mirarme— Tres pasos de distancia. No hables si no te hablan. Y no lo mires directamente.
Asentí, aunque no estaba segura de poder cumplir todo eso al mismo tiempo.
—Sí.
—Y Grace —añadió, deteniéndose apenas antes de salir— no cometas errores.
Cuando la puerta se cerró detrás de ella, el silencio se volvió más pesado. Me quedé sola unos segundos, ordenando las telas, alisando costuras que ya estaban perfectas, buscando algo que hacer con las manos para no pensar demasiado.
Entonces lo sentí.
No fue inmediato. No fue brusco.
Fue… un cambio.
Un tirón leve en la base de mi cuello, el mismo de la noche anterior, deslizándose lentamente por mi espalda hasta asentarse en la cicatriz. Mi respiración se detuvo apenas un segundo.
No ahora.
No aquí.
Enderecé la postura, obligándome a ignorarlo.
La puerta se abrió.
No hubo anuncio. No hubo aviso.
Solo ese sonido seco, firme.
Y luego… pasos.
No eran apresurados ni pesados. Eran seguros. Medidos. Cada uno resonando lo justo sobre el suelo de piedra, como si no necesitara hacer más ruido para ser notado.
No levanté la vista de inmediato.
Pero su presencia… se sintió.
El aire cambió.
Lo supe antes de mirarlo.
Respiré hondo y alcé la cabeza.
El príncipe Kyrell estaba frente a mí.
Por un instante, olvidé todo lo que Madeline había dicho.
No por su apariencia —aunque había algo innegable— sino por la sensación que lo rodeaba. No era solo autoridad. No era solo peligro.
Era otra cosa.
Algo que no supe nombrar.
Algo que mi cuerpo reconoció antes que mi mente.
El tirón en mi espalda respondió.
Más fuerte.
Bajé la mirada de inmediato, recordando demasiado tarde el protocolo.
—Mi príncipe —murmuré, haciendo una leve inclinación.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue… evaluador.
—Eres la costurera.
Su voz era más baja de lo que esperaba. No fría, pero tampoco cercana. Directa.
—Sí, mi príncipe.
—Levanta la vista.
La orden fue simple.
Y aun así, dudé un segundo antes de obedecer.
Cuando lo hice, sostuve su mirada apenas el tiempo necesario antes de volver a bajarla. Fue suficiente.
Había algo en sus ojos.
Algo que no encajaba del todo con el resto.
—Empieza —dijo.
Asentí y me acerqué lo necesario, cuidando la distancia. Cada movimiento estaba calculado, cada gesto contenido dentro de lo permitido. Tomé el traje y lo levanté con cuidado, sintiendo cómo mis manos, normalmente firmes, traicionaban apenas mi pulso.
Permití que la tela cayera en su lugar, ajustando los hombros primero, luego las mangas. Mis dedos apenas rozaban el tejido, evitando cualquier contacto directo. Aun así, la cercanía era suficiente para notar el calor que emanaba de él.
El tirón volvió.
Más intenso.
Como si respondiera a la distancia que ya no existía.
Fruncí el ceño levemente, concentrándome en el trabajo.
—Manténgase recto, por favor.
Kyrell no respondió con palabras, pero su postura cambió lo justo.
Seguí trabajando.
Medí la caída del hombro, ajusté la línea del torso, marqué mentalmente los cambios que debía hacer después. Todo dentro de lo normal. Todo bajo control.
Hasta que dejó de estarlo.
El calor en mi espalda aumentó.
No de golpe.
Pero lo suficiente.
Mi respiración se volvió más superficial mientras intentaba ignorarlo, pero cuanto más lo hacía, más presente se volvía. Como si algo tirara desde dentro, insistente, imposible de apartar.
No entendía qué estaba pasando.
Y entonces...
La aguja resbaló.
Fue un movimiento mínimo.
Un error pequeño.
Pero suficiente.
La punta atravesó la tela… y mi piel.
El dolor fue inmediato, agudo.
—Ah.
El sonido escapó antes de poder contenerlo.
Solté el traje por reflejo, llevando la mano hacia el pinchazo. Una gota de sangre apareció casi al instante, brillante contra el guante.
Pero no fue eso lo que me hizo quedarme inmóvil.
Fue él.
Kyrell se tensó.
No de forma evidente. No lo suficiente para que cualquiera lo notara.
Pero yo sí.
Su respiración cambió.
Apenas.
Sus dedos se cerraron con más fuerza a los costados, como si contuviera algo.
Levanté la vista sin pensar.
Y esta vez, no la bajé.
Sus ojos estaban fijos en mí.
No en mi rostro.
En la sangre.
El silencio entre nosotros se volvió denso.
Pesado.
—¿Qué fue eso? —preguntó.
No era una acusación.
Era una duda.
Fruncí el ceño, confundida.
—Solo… me pinché —respondí, aún sin entender por qué mi voz sonaba más baja.
Kyrell no apartó la mirada.
—Lo sentí.
El aire se detuvo.
Parpadeé.
—¿Qué?
Él no respondió de inmediato.
Su expresión no cambió, pero algo en su mirada… se volvió más oscuro. Más concentrado.
Más consciente.
—El dolor —dijo finalmente—. No fue solo tuyo.
Mi corazón dio un golpe seco contra el pecho.
Eso no tenía sentido.
No debía tenerlo.
—Eso es imposible.
Pero incluso mientras lo decía, el calor en mi espalda seguía ahí.
Más presente que nunca.
Más real.
Kyrell dio un paso hacia mí.
Uno solo.
Y la distancia que había respetado hasta ese momento desapareció por completo.