El dolor no había sido mío, y aun así lo había sentido con una claridad imposible de ignorar.
Cerré la puerta de mis aposentos con más fuerza de la necesaria. El golpe seco resonó en la habitación, pero no logró acallar la inquietud que seguía instalada en mi cuerpo. Flexioné la mano con lentitud, observándola como si esperara encontrar una herida que justificara lo ocurrido. No había nada. La piel intacta, sin marca alguna. Y, sin embargo, la sensación persistía, ya no como dolor, sino como un rastro, un eco que se negaba a desaparecer del todo.
Exhalé despacio, intentando ordenar el pensamiento. Me había herido antes, demasiadas veces como para confundir una cosa con otra. Sabía reconocer el dolor físico, medirlo, ignorarlo si era necesario. Esto no encajaba en ninguna de esas categorías. Había sido demasiado preciso, ajeno y, al mismo tiempo propio.
Cerré los ojos un instante, reconstruyendo lo ocurrido en la sala. La aguja atravesando la piel de la costurera, el leve gesto de su cuerpo al reaccionar… y esa misma sensación replicándose en mí con exactitud. No como una idea ni como una suposición, sino como una experiencia directa. Abrí los ojos de golpe, negándolo de inmediato, aunque la negación no cambiaba nada.
Comencé a moverme por la habitación sin rumbo claro, más por necesidad que por intención. Pasé una mano por la nuca y descendí hasta la base del cuello, deteniéndome apenas cuando una tensión conocida recorrió mi espalda. No era dolor, pero sí una respuesta. Algo que ya había sentido antes, en otros momentos, en medio del campo de batalla, cuando mi cuerpo reaccionaba antes de que mi mente alcanzara a comprender lo que estaba ocurriendo.
Siempre lo había atribuido al entrenamiento. A la repetición, a la experiencia acumulada, a la necesidad de sobrevivir. Era más sencillo explicarlo así que cuestionarlo. Pero ahora esa explicación empezaba a quedarse corta.
La imagen de la costurera volvió con una claridad incómoda. La forma en que se había movido, la precisión de sus manos, la tensión que había intentado ocultar… y, sobre todo, la forma en que algo en mí había respondido a su presencia incluso antes de ese momento. No era la primera vez que lo sentía. El tirón en el palacio, esa sensación extraña al cruzar el umbral, había estado allí antes de verla, antes de saber siquiera que existía.
Apreté la mandíbula, apoyando las manos sobre la mesa. La madera fría no logró disipar el calor leve que permanecía bajo mi piel. Algo no estaba bien, y lo sabía desde hacía tiempo, aunque no le hubiera dado forma hasta ahora. Las batallas, las heridas que no reaccionaban como deberían… eran demasiadas cosas acumuladas como para seguir ignorándolas.
Cuestionarlo implicaba aceptar una posibilidad que nunca había querido considerar.
Que no era normal.
O que nunca lo había sido.
Un golpe suave en la puerta interrumpió el silencio. No respondí de inmediato, pero la segunda vez que sonó fue suficiente.
—Adelante.
Arthur entró apoyándose en su bastón, avanzando con esa lentitud calculada que nunca era casual. Cerró la puerta tras de sí antes de hablar, como si necesitara asegurarse de que nada de lo que ocurriera dentro saliera de esa habitación.
—Mi príncipe.
No me moví.
—¿Qué quiere?
Arthur me observó con atención, sin apresurarse, como si cada segundo de silencio también formara parte de la conversación.
—He oído que la prueba no salió como se esperaba.
—Salió bien.
—¿Sí?
El tono era neutro, pero la intención no lo era. Lo miré directamente.
—Fue un accidente menor.
Arthur inclinó apenas la cabeza, como si evaluara la respuesta más allá de las palabras.
—Un accidente… curioso.
El silencio se tensó entre nosotros. No insistía, no preguntaba de forma directa, pero tampoco lo necesitaba. Su manera de observar era suficiente para dejar claro que sabía más de lo que decía.
—¿Tiene algo más que decir? —pregunté, cortando el rodeo.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Siempre.
Avanzó un poco más dentro de la habitación y se detuvo, apoyando ambas manos sobre el bastón.
—Hay cosas en este palacio que han permanecido ocultas durante mucho tiempo, mi príncipe. Cosas que no deberían salir a la luz sin consecuencias.
Sus palabras no eran nuevas, pero esta vez tenían un peso distinto.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Arthur sostuvo mi mirada sin vacilar.
—Eso es lo que me pregunto.
El aire se volvió más denso. No había acusación directa, pero sí una intención clara de medir mi reacción.
—Estaba ahí —añadió con calma— en la sala.
Mi cuerpo se tensó apenas.
—Entonces vio lo que pasó.
—Vi lo suficiente.
Apreté la mandíbula, manteniendo el control.
—Fue un error.
Arthur no respondió de inmediato. Su silencio no era duda, era cálculo.
—Tal vez —dijo finalmente— o tal vez no.
Sus ojos se mantuvieron fijos en los míos, y por primera vez en mucho tiempo percibí algo distinto en ellos. No era solo control ni superioridad. Había inquietud, leve pero real.
—Debería tener cuidado, mi príncipe.
—¿Con qué?
—Con aquello que no comprende —respondió.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire, más pesadas de lo que deberían.
No respondí.
No porque no quisiera, sino porque no tenía una respuesta clara.
Arthur inclinó ligeramente la cabeza, como si eso bastara para dar por terminada la conversación.
—El reino depende de su estabilidad.
Se giró hacia la puerta y, antes de salir, añadió con la misma calma contenida:
—Y algunas anomalías… no deberían existir.
La puerta se cerró tras él, devolviendo el silencio a la habitación.
Me quedé inmóvil unos segundos, sintiendo cómo aquello que había intentado mantener bajo control dejaba de ser algo difuso. Ya no era una sospecha vaga ni una sensación aislada. Tenía forma. Tenía peso.