Volví a pincharme.
Solté la aguja con frustración y la dejé sobre la mesa.
El hilo se había enredado entre mis dedos sin que me diera cuenta, y eso no era propio de mí.
Exhalé lento, intentando recomponerme, pero no sirvió. Desde la prueba, algo había cambiado. No solo en el palacio. En mí.
La sensación en mi espalda seguía ahí, más tenue ahora, más difícil de ubicar… pero constante. Como una presencia que no terminaba de irse.
Bajé la mirada hacia la bolsa.
Sabía que no debía hacerlo.
Pero también sabía que lo haría igual.
Me levanté y la tomé, sacando el libro con más cuidado del necesario, como si el simple gesto pudiera alterar algo. Lo dejé sobre la mesa y pasé los dedos por la tapa antes de abrirlo, reconociendo ya la textura del cuero desgastado, las marcas irregulares que no eran del todo naturales.
Esta vez no dudé tanto.
Lo abrí.
Las páginas crujieron suavemente, como si no estuvieran acostumbradas a ser revisadas con frecuencia. Volví a los símbolos que había visto la noche anterior, recorriéndolos con la mirada, intentando encontrar un patrón que se me hubiera escapado. Las líneas, las formas, la repetición… todo tenía una lógica, pero no una que yo comprendiera del todo.
Pasé la página.
Texto.
Más claro en algunas partes, más confuso en otras. Palabras que empezaban a resultarme familiares, no porque las entendiera completamente, sino porque las había visto repetirse.
Vínculo.
Transferencia.
Sangre.
Fruncí el ceño, inclinándome un poco más sobre la mesa.
Seguí avanzando con más atención, leyendo en silencio, reconstruyendo frases incompletas, intentando darles sentido.
“…no se origina en uno…”
“…requiere dos…”
“…no puede sostenerse sin…”
Me detuve.
El espacio siguiente estaba vacío.
No en blanco.
Arrancado.
Pasé los dedos por el borde irregular de la página. No era un desgaste natural. Alguien había quitado esa parte con intención, dejando solo lo suficiente para insinuar, pero no para explicar.
Mi pulso se aceleró apenas.
Pasé la página siguiente.
Lo mismo.
Texto incompleto. Frases que comenzaban y no terminaban. Ideas que se abrían y desaparecían antes de desarrollarse.
—¿Otra vez con eso?
Cerré el libro de golpe, más por reflejo que por decisión, y levanté la vista. Alice estaba apoyada en el marco de la puerta, observándome con una expresión difícil de leer.
—No te escuché llegar —dije, intentando sonar normal.
—Eso parece —respondió, entrando sin esperar invitación.
Se acercó a la mesa con naturalidad, pero sus ojos ya estaban en el libro.
—¿Encontraste algo?
Dudé apenas un segundo antes de responder.
—Está incompleto.
Alice se sentó frente a mí, apoyando los codos sobre la mesa.
—¿Cómo que incompleto?
Volví a abrir el libro, esta vez más despacio, girándolo un poco para que pudiera verlo.
—Faltan páginas. No al final, ni al principio… en medio. Justo donde parece que empieza a explicar algo importante.
Alice inclinó la cabeza, observando los bordes irregulares.
—¿Las arrancaron?
—Sí.
—¿Por qué alguien haría eso?
No respondí de inmediato. Porque la respuesta era bastante obvia.
—Para que no se lea completo.
Alice no dijo nada, pero su mirada se mantuvo fija en el libro, más concentrada de lo que esperaba.
Pasé un par de páginas más, señalando algunos fragmentos.
—Habla de algo más grande que la magia —murmuré— Todo apunta a lo mismo.
—¿A qué?
Dudé.
—A algo que conecta.
Alice no reaccionó de inmediato, pero vi cómo sus ojos se movían rápido, recorriendo el texto, deteniéndose en palabras específicas. No parecía estar leyendo por curiosidad.
Parecía estar… reteniendo.
—¿Conecta qué? —preguntó.
—Personas, supongo —respondí, sin mucha seguridad— Habla de un vínculo. De algo que no se crea, sino que se transfiere.
El silencio se instaló entre nosotras por un momento.
Alice bajó la mirada a una de las páginas y pasó los dedos cerca del texto, sin tocarlo del todo.
—¿Y qué pasa con ese vínculo?