El mercado seguía lleno.
Pero no era el mismo.
Las voces no se alzaban como antes. Las conversaciones se cortaban cuando alguien pasaba demasiado cerca. Y más de una vez sentí miradas que se apartaban justo antes de alcanzarme.
Caminé entre los puestos con la bolsa colgando del brazo, repasando mentalmente la lista de telas. No porque fuera a olvidarla, sino para no pensar en otra cosa.
En el palacio.
En él.
En el libro.
La tienda de Caden apareció al final del pasillo de siempre. Sólida. Familiar. Esta vez, no fue alivio… pero sí un punto fijo.
Empujé la puerta.
La campanilla sonó suave.
—Si vienes a regatear, hoy no estoy de humor —dijo Caden desde el fondo, sin mirar.
—Entonces tendré que pagar el precio completo —respondí.
Se giró apenas al escucharme. Su expresión se suavizó lo justo.
—Tú sí puedes pasar.
Me acerqué al mostrador.
—Vaya privilegio.
—No te acostumbres.
El intercambio duró lo necesario. Ni más.
Caden fue el primero en romper lo que quedó después.
—No viniste solo por telas.
Negué.
—No.
Asintió una vez.
—Ven.
Lo seguí hasta la parte trasera. El espacio era el mismo de siempre, pero él no. Había rigidez en sus movimientos, pausas donde antes no las había.
Se sentó frente a mí.
—¿Qué pasó?
—Tuve la prueba con el príncipe.
Su reacción fue mínima. Pero estuvo.
—¿Y?
—Fue… extraña.
Exhaló por la nariz.
—Eso no me sorprende.
—Pasó algo.
Ahora sí me miró de lleno.
—¿Qué tipo de “algo”?
Dudé.
—Me pinché.
Esperó.
—Con una aguja
—Y él lo sintió
El silencio no cayó de golpe. Se instaló.
—¿Cómo que lo sintió?
—Eso dijo.
Me sostuvo la mirada.
—¿Y tú le creíste?
—No lo sé.
Se recostó, cruzando los brazos.
—Grace… no te acerques a él.
—No tengo opción.
—Siempre hay opción.
—No en el palacio.
Apretó la mandíbula.
—No sabes cómo es.
—Entonces dímelo.
Desvió la vista un segundo.
—No es como lo cuentan. No es solo un buen soldado.
—Eso ya lo sé.
—No. Esto no.
Se inclinó hacia adelante.
—En batalla… hay cosas que no tienen sentido. Eso es normal. Pero con él no era así.
—¿Cómo?
Tardó en responder.
—No dudaba.
—Eso no es tan raro.
—Lo es.
Sostuvo mi mirada.
—Todos dudan en algún momento. Todos fallan. Él no.
Guardé silencio.
—A veces se adelantaba —continuó— No a lo obvio. A lo que todavía no pasaba.
Sentí un leve tirón en la espalda.
—Como si supiera.
—Eso no es posible.
—Lo sé.
Pero no sonó convencido.
Se pasó una mano por el rostro.
—Y las heridas.
—¿Qué pasa con ellas?
—No encajaban. Cortes profundos. Golpes limpios. Cualquiera habría caído.
Tragó saliva.
—Él no.
El tirón volvió. Más claro esta vez.
—Eso puede pasar.
—No tantas veces.
Silencio.
—¿Por eso lo odias?
—No es odio.
No pregunté más.
—Es saber que algo no está bien —añadió— y que nadie más lo ve.
—Yo lo veo.
La frase salió sola.
Caden se quedó quieto.
—Entonces aléjate.
Negué.
—No puedo.
—Deberías querer hacerlo.
No respondí.
—Hay cosas de la guerra que no se cuentan —dijo después— No porque no importen… sino porque nadie sabría qué hacer con ellas.
—¿Como qué?
Dudó.
—Como esto. Como él
No insistí.
Me levanté.
No intentó detenerme.
—Grace.
Me giré.
—Ten cuidado.
Asentí.
—Siempre.
No había dado tres pasos cuando el tirón volvió.
Breve.
Preciso.