Cicatrices de poder

Capítulo 10 — El vínculo

No debería estar nerviosa.

El traje ya estaba terminado. Lo había revisado dos veces antes de salir y una tercera en el camino, deteniéndome en detalles que no necesitaban corrección.

Nada estaba fuera de lugar.

Yo sí.

Habían pasado días desde la primera prueba, pero mi cuerpo no parecía haberlo olvidado. La sensación seguía ahí, más tenue ahora, pero constante, como un eco que no terminaba de apagarse.

Me detuve frente a la puerta un segundo más de lo necesario.

No por dudas sobre el trabajo.

Por lo que podía pasar al cruzarla.

Respiré hondo y entré.

Esta vez no era una prueba formal. No había tantas reglas. Solo ajustes finales.

Eso me habían dicho.

Pero en cuanto levanté la vista, supe que no iba a ser tan simple.

Kyrell ya estaba allí.

De pie, inmóvil, como si el tiempo no lo tocara de la misma forma que a los demás. Su presencia llenaba la habitación sin esfuerzo, sin necesidad de moverse ni de hablar.

Bajé la mirada de inmediato, obligándome a avanzar.

—Mi príncipe —dije, manteniendo la voz firme.

No respondió de inmediato, pero su atención cayó sobre mí con claridad antes incluso de escucharlo.

—Grace.

Mi nombre en su voz tensó el aire entre nosotros.

Caminé hasta él sosteniendo el traje con cuidado.

—Necesito hacer algunos ajustes.

Asintió apenas.

Me acerqué lo justo.

Demasiado cerca.

El aire cambió, como si la distancia entre ambos no fuera solo física, como si algo invisible se tensara en ese espacio mínimo que nos separaba.

Levanté las manos y me obligué a concentrarme en la tela.
Trabajo. Solo trabajo.

Ajusté la caída sobre su hombro, marcando la línea con cuidado. Todo en su lugar. Preciso.

Hasta que dejó de serlo.

Al moverme hacia el frente, mis dedos rozaron los suyos.

La sensación llegó de golpe.

No en la piel.

Más adentro.

Un tirón seco, contenido, como si algo se tensara desde el interior… pero no en mí.

Contuve el aire.

Kyrell se tensó.

No fue evidente, pero lo vi, la rigidez en su postura, el leve cambio en su respiración, la forma en que su mano se cerró por un instante antes de relajarse.

Levanté la vista.

Él ya me estaba mirando.

Y entonces ocurrió.

No fue algo visible. No hubo un cambio en la habitación ni un gesto que lo anunciara. Fue más bien una irrupción, brusca y desordenada, como si algo se abriera paso donde no debía.

Agua.
Oscuridad.
El sonido de algo moviéndose bajo la superficie, lento, denso.

Un destello de luz temblorosa.
Voces, superpuestas, incompletas.

Y una presencia.

No mía.

Parpadeé.

Todo desapareció.

El aire volvió de golpe a mis pulmones, como si hubiera olvidado respirar por un segundo demasiado largo. Mi cuerpo seguía en el mismo lugar, frente a él, pero algo no encajaba del todo.

Kyrell no se había movido.

Pero su mirada había cambiado.

Más fija.

Más intensa.

Como si él también lo hubiera sentido.

El silencio entre nosotros se volvió denso.

—¿Qué fue eso? —preguntó, en voz baja.

—Nada.

—Esto no es normal —dijo.

No era duda.

Era certeza.

—No sé a qué se refiere.

Mentira.

Los dos lo sabíamos.

El silencio que siguió no fue incómodo, sino consciente, cargado de algo que ninguno estaba nombrando.

Bajé la mirada y retomé el ajuste del traje, aunque mis manos ya no estaban completamente firmes.

—Ya casi está listo.

No respondió.

Pero no dejó de mirarme.

Y yo lo sentía, no como se siente a alguien cerca, sino de otra forma, más profunda, más imposible, como si de alguna forma la distancia entre nosotros no existiera realmente.

Cuando terminé, di un paso atrás, más por necesidad que por protocolo.

—Eso sería todo, mi príncipe.

Él no respondió de inmediato. Sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario, como si evaluara algo que aún no lograba comprender del todo.

—No —dijo al fin.

Fruncí levemente el ceño.

—¿No?

Su expresión no cambió, pero había algo distinto en su mirada, más enfocado, más consciente.

—Esto no ha terminado.

No explicó a qué se refería.

Dio un paso hacia mí.

Solo uno.

Pero fue suficiente para borrar la distancia que yo misma había marcado.

Mi cuerpo se tensó antes de que pudiera evitarlo.

—Mírame —dijo.

No era una orden alzada.

Era peor.

Era inevitable.

Sostuve su mirada.

Por un segundo demasiado largo, nadie se movió.

Y entonces lo sentí.

No como antes.

No como un tirón.

Algo más contenido.
Más preciso.

Como si estuviera intentando entenderme… desde dentro.

Contuve el aire.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.