Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 1: El frío del asfalto

La lluvia de Boston no tenía piedad. Se filtraba a través de la fina tela de su abrigo desgastado, calándola hasta los huesos, pero el frío exterior no era nada comparado con el vacío gélido que se abría en su pecho.

Fabia miró hacia atrás una última vez. Las imponentes verjas de hierro de la mansión Roth se cerraban con un crujido metálico que sonó como una sentencia de muerte. Minutos antes, los guardias de seguridad la habían arrastrado por el vestíbulo principal como si fuera basura, bajo la mirada lasciva de la servidumbre y la sonrisa victoriosa de Victoria Roth, la matriarca de la familia.

—No eres más que una rata muerta de hambre, Fabia —le habían gritado antes de arrojar su pequeña maleta a la acera empapada—. Agradece que el señor Damián no te ha metido en la cárcel por ladrona.

¿Ladrona? Ella no había tocado esa maldita gargantilla de esmeraldas. Todo había sido una trampa burda, una mentira orquestada por la madre de Damián para deshacerse de la "huérfana recogida" que había osado meterse en la cama del heredero. Lo peor no era la acusación falsa. Lo que realmente le había desgarrado el alma en mil pedazos era la mirada de él.

Damián Roth. El hombre al que le había entregado su inocencia, sus noches y su corazón. Él había estado allí, de pie en la parte superior de la escalinata, impecable en su traje de tres piezas, con las manos metidas en los bolsillos y una expresión de absoluta indiferencia en el rostro. Cuando Fabia lo miró suplicante, buscando desesperadamente un destello de confianza en esos ojos grises que tantas veces le habían prometido amor eterno, solo encontró desprecio.

—Llévensela —había dicho Damián con voz monótona—. No quiero volver a verla en mi propiedad.

Ninguna pregunta. Ninguna duda. Para él, ella era culpable por defecto. Al fin y al cabo, ¿quién era ella? Una simple empleada del archivo de su corporación, una chica sin apellido ni fortuna. Una distracción de unos meses que se había vuelto demasiado molesta.

Fabia cayó de rodillas sobre el pavimento mojado. El agua sucia empapó sus jeans gastados. Se llevó una mano temblorosa al vientre. Todavía era muy pronto, apenas seis semanas, y nadie lo sabía. Había guardado la prueba de embarazo en su bolso esa misma mañana, planeando dársela como una sorpresa. Qué estúpida había sido.

—Estamos solos, mi amor —susurró, con la voz quebrada por el llanto, mientras las lágrimas se mezclaban con la lluvia—. Tu padre nos ha echado. Nos cree escoria.

Se puso de pie con dificultad, recogiendo su maleta rota. Mientras caminaba sin rumbo por las calles oscuras, con los dientes castañeando y el cuerpo temblando por el inicio de una fiebre implacable, el dolor del desamor empezó a mutar. El llanto cesó, sustituido por una rigidez helada que se le instaló en la espina dorsal.

Miró sus manos agrietadas y luego se volvió hacia las luces lejanas del rascacielos de la Corporación Roth que dominaba el horizonte de la ciudad.

—Se acordarán de mí —prometió en un susurro, y sus ojos, antes dulces y sumisos, brillaron con una intensidad letal—. Juro por la vida del hijo que llevo dentro que cada lágrima que estoy derramando hoy, la van a pagar con sangre y oro. Me arrojaron al fango, pero voy a regresar convertida en el monstruo que los va a destruir.

Esa noche, bajo la tormenta, la inocente Fabia murió. Y en su lugar, nació algo mucho más peligroso.




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