Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 2: El precio de la supervivencia

«...—Se lo prometo, padre —había respondido Fabia junto a su tumba. Tres años más de preparación y sacrificios pasaron desde aquel día. De vuelta al presente, en el jet privado, Fabia acarició la tela de su traje Chanel...»

El invierno de Londres no era más cálido que el de Boston. Fabia se ajustó la bufanda raída alrededor del cuello mientras empujaba el carrito de limpieza por los pasillos interminables de la terminal de carga del muelle. Sus manos, las mismas que alguna vez Damián había sostenido entre las suyas con promesas de seda, estaban agrietadas, rojas por el uso de desinfectantes baratos y el agua congelada.

Habían pasado dos años desde la noche en que la dinastía Roth la borró del mapa. Dos años de un calvario silencioso.

—Vamos, pequeña sanguijuela, resiste un poco más —susurró Fabia, deteniéndose por un segundo para llevarse una mano al vientre, aunque su hijo ya no estaba allí dentro.

El pequeño Leo Jr. estaba en una guardería comunitaria a pocas calles de distancia, un lugar húmedo que Fabia apenas podía pagar con sus tres turnos de trabajo. Recordó el día de su nacimiento en aquel hospital público de caridad. No hubo sábanas de hilos egipcios, ni médicos privados, ni flores. Solo el dolor punzante, el grito de su bebé y una enfermera exhausta que le entregó a un niño de ojos grises tormenta. Al verlo, Fabia había llorado lágrimas de sangre. Era el vivo retrato del hombre que la había condenado al exilio.

Esa misma tarde, mientras Fabia limpiaba las oficinas de la administración del muelle, un hombre mayor, vestido con un abrigo de cachemira impecable que desentonaba con la suciedad del puerto, sufrió un ataque de tos violento y cayó al suelo, esparciendo una serie de carpetas confidenciales. Era Arthur Vance, el magnate de las finanzas internacionales.

Los guardias corrieron, pero Fabia fue la primera en llegar. Le aflojó la corbata, le administró su inhalador de emergencia que había rodado bajo un escritorio y, mientras el viejo millonario recuperaba el aire, ella comenzó a recoger los papeles del suelo de forma mecánica. Su mirada se desvió inconscientemente hacia una gráfica de cotizaciones de la bolsa de Nueva York que Arthur llevaba consigo.

—Este análisis está mal estructurado, señor —dijo Fabia sin pensar, con la voz ronca por el cansancio—. Si compra esas acciones tecnológicas basándose en el cierre de ayer, el fondo Vance perderá un cuatro por ciento debido a la inflación de la eurozona que se anuncia mañana.

Arthur Vance, aún recuperándose, la miró desde el suelo con unos ojos agudos y sabios. Detrás de ese uniforme de limpieza azul y el rostro demacrado por el hambre, vio un destello de pura genialidad.

—¿Quién eres tú? —preguntó el anciano con voz ronca.

—Nadie, señor. Solo una mujer que solía ordenar los archivos financieros de una corporación —respondió Fabia, ayudándolo a ponerse de pie y dándole su portafolios—. Pero sé leer el miedo del mercado.

Arthur Vance no la dejó ir. Esa misma noche la contrató como su asistente personal. Vio en ella no solo una mente matemática brillante, sino un hambre de poder y un dolor tan profundo que requería una salida. Un año después, al ver que no tenía herederos y que Fabia manejaba sus cuentas con la fidelidad de un perro guardián, la adoptó legalmente.

—Te daré mi apellido, Fabia —le había dicho Arthur en su lecho de muerte, meses atrás—. Te daré mis millones y mis conexiones. Pero prométeme que cuando regreses a América a cobrar la deuda de la que tanto hablas en sueños, los aplastarás por completo. No dejes que vean tu debilidad.

—Se lo prometo, padre —había respondido Fabia junto a su tumba.

De vuelta al presente, en el jet privado, Fabia acarició la tela de su traje Chanel. El recuerdo de los muelles de Londres ya no le causaba dolor; le recordaba el precio de su supervivencia. Miró por la ventanilla las luces de Boston. El monstruo que los Roth habían creado finalmente estaba en casa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.