Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 3: Cinco años después

El jet privado Gulfstream G650 cortó las nubes sobre el aeropuerto internacional con la elegancia de un halcón. En la cabina de lujo, el silencio solo era interrumpido por el suave tecleo de una computadora portátil.

Fabia Vance apartó la vista de la pantalla y miró por la ventanilla. Abajo se extendía la ciudad que la había visto nacer, sufrir y huir. Cinco años habían pasado desde la noche en que fue expulsada como una criminal. Cinco años de infierno, de trabajo esclavo en los muelles de Europa, de noches sin dormir cuidando a su hijo, hasta que la suerte —y su mente brillante para las finanzas— la habían cruzado con el viejo millonario Arthur Vance. Él vio en ella un diamante en bruto, una mente calculadora y un hambre de poder insaciable. La adoptó legalmente, la educó en las mejores universidades del continente y, al morir un año atrás, le heredó el control total de Vance Global, uno de los fondos de inversión más agresivos del planeta.

Ahora, ya no vestía ropa de saldos ni zapatos gastados. Llevaba un traje de dos piezas de Chanel en color blanco marfil que contrastaba perfectamente con su melena oscura, cortada en un bob asimétrico impecable. En sus labios lucía un labial rojo sangre y sus ojos, antes tímidos, estaban ocultos tras unas gafas oscuras de Tom Ford.

—Señora Vance, estamos listos para aterrizar —anunció su secretario privado, Leo, un joven eficiente que conocía perfectamente el pasado de su jefa—. Los representantes de la Corporación Roth ya están esperando en la sala VIP del aeropuerto. El señor Damián Roth solicitó una audiencia privada antes de la junta técnica de mañana.

Fabia esbozó una sonrisa lenta, una línea fría que no llegó a sus ojos.

—¿El gran Damián Roth esperando por mí en una sala común? —comentó, con una voz que había perdido cualquier rastro de la antigua timidez; ahora era aterciopelada, grave y dominante—. Cómo cambian los tiempos, Leo. Hace cinco años ni siquiera me habrían dejado limpiar el piso de esa sala.

—Usted es el consorcio que posee el 35% de las acciones de su división hotelera ahora mismo, jefa. Si usted retira el capital, los Roth entran en quiebra técnica antes del viernes. Él sabe que su cabeza depende de usted.

Fabia se quitó las gafas de sol, revelando una mirada grisácea, tan afilada como el cristal tallado.

—Excelente. Que espere un poco más. Haz que nos preparen el coche. Entraremos a la ciudad por la puerta grande, Leo. Y asegúrate de que el hotel donde nos hospedemos sea el Roth Executive. Quiero dormir en sus propias camas mientras planeo cómo prenderles fuego.

El avión tocó pista con un leve impacto. Fabia se ajustó los puños de la chaqueta y sonrió. La cacería acababa de comenzar.




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