Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 4: El aroma del pasado

Damián Roth caminaba de un lado a otro en la sala privada de la terminal ejecutiva. Se aflojó la corbata de seda gris, sintiéndose extrañamente asfixiado. Los últimos dos años habían sido un dolor de cabeza constante. Las malas decisiones de su junta directiva —presionadas en gran parte por los caprichos de su madre— habían dejado a la división hotelera de la familia al borde del colapso. Su única salvación era el fondo de inversión Vance Global.

Había intentado investigar a la CEO del fondo, pero la información era escasa. Solo sabía que se llamaba Fabia Vance, que era la heredera de un imperio financiero europeo y que tenía fama de ser una mujer despiadada en las mesas de negociación. Los tabloides la llamaban "La Viuda Negra de las Finanzas", aunque nunca se había casado; simplemente destruía a cualquier hombre que intentara sobrepasarse con ella en los negocios.

Fabia.

El nombre le producía un eco incómodo en el estómago cada vez que lo leía en los informes. Hacía cinco años, una chica con ese mismo nombre había pasado por su vida. A veces, en las noches de insomnio, el recuerdo de la dulce e ingenua Fabia regresaba para atormentarlo. Recordaba su piel suave, su risa tímida... y la noche en que su madre la acusó de robar las joyas de la familia. Damián se había sentido traicionado, herido en su orgullo de Alfa. La había echado sin miramientos. Semanas después, cuando la culpa lo consumió y mandó a investigar a fondo, descubrió que la gargantilla siempre estuvo en la caja fuerte de su madre. Todo había sido un montaje.

Había intentado buscarla, pero ella se había esfumado de la faz de la tierra. Desaparecida. Como si la tierra se la hubiera tragado.

La puerta de la sala VIP se abrió de golpe, sacándolo de sus pensamientos.

Dos guardaespaldas de imponente físico entraron primero, seguidos por un secretario que portaba una tableta. Y finalmente, entró ella.

El aire pareció abandonar los pulmones de Damián.

La mujer que caminaba hacia él irradiaba un poder y una sensualidad que congelaban la sangre. El taconeo de sus stilettos Louboutin resonaba con fuerza en el suelo de mármol. Llevaba unas gafas oscuras que se quitó con un movimiento lento y aristocrático al detenerse a pocos pasos de él.

Damián se quedó paralizado. Esas facciones... esa nariz perfilada, la forma de sus labios... Era idéntica. Pero no podía ser. La Fabia que él conoció vestía sudaderas tres tallas más grandes, miraba siempre al suelo y temblaba cuando él le levantaba la voz. Esta mujer lo miraba desde arriba, con la barbilla en alto, una postura perfecta y una seguridad que rozaba la arrogancia.

—Señor Roth —dijo ella, extendiendo una mano enguantada en encaje negro—. Es un placer. Soy Fabia Vance.

Su voz... era más profunda, más madura, arrastrando las palabras con un sutil acento europeo que le puso los pelos de punta. Damián tardó tres segundos enteros en reaccionar. Le tomó la mano, sintiendo una descarga eléctrica que lo hizo tensar la mandíbula.

—Señora Vance... —consiguió decir, forzando su mejor sonrisa de negocios, aunque sus ojos escaneaban obsesivamente cada milímetro de su rostro—. Bienvenidos a la ciudad. Es un honor tenerla aquí finalmente.

Fabia retiró su mano con suavidad, pero con una firmeza que lo dejó descolocado. Se acercó a la mesa de cristal donde había un arreglo de orquídeas y pasó un dedo por los pétalos.

—¿El honor es suyo, señor Roth? —preguntó ella, dándole la espalda—. Tenía entendido que la Corporación Roth no se rebajaba a suplicar por inversores externos. Escuché que son una familia muy... selectiva con la gente que dejan entrar a sus dominios.

Damián frunció el ceño. Había una segunda intención en sus palabras, un veneno oculto que no lograba descifrar.

—Los tiempos cambian, señora Vance. Nos adaptamos. Aunque debo confesar... —Damián dio un paso hacia ella, dejando que su instinto de cazador tomara el control—. Su rostro me resulta increíblemente familiar. ¿Nos hemos conocido en alguna parte? ¿Tal vez en París o Londres?

Fabia se volvió lentamente. Sus ojos grises chocaron con los de él de forma directa. No había temor en ellos. Solo una frialdad absoluta que lo hizo dar un paso atrás mentalmente.

—Lo dudo mucho, señor Roth —respondió ella, con una sonrisa felina—. Yo tiendo a recordar a los hombres con los que hago negocios. Y usted es alguien a quien difícilmente habría pasado por alto... al menos, no en mi situación actual. Ahora, si me disculpa, el viaje ha sido largo. Nos veremos mañana en la junta. Prepárese, porque no soy una mujer fácil de complacer.

Ella se colocó las gafas de sol nuevamente, pasó por su lado dejando una estela de un perfume costoso, una mezcla de sándalo y rosas negras.

Damián se quedó solo en la sala, con el corazón latiéndole a mil por hora. Ese perfume... no era el mismo que la Fabia del pasado usaba, pero el efecto que esa mujer acababa de causar en su cuerpo era exactamente la misma obsesión destructiva de la que había estado huyendo durante cinco años.

—No puede ser ella —se dijo a sí mismo, apretando los puños—. Ella era una muerta de hambre. Esta mujer podría comprar mi empresa entera si quisiera. Es una coincidencia. Solo una maldita coincidencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.