Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 5: El fantasma en el espejo

Damián Roth arrojó el vaso de whisky contra el espejo del baño de su oficina en el rascacielos corporativo. El cristal se estrelló en mil pedazos, distorsionando su propia imagen, pero el dolor sordo en su pecho no desapareció.

El aroma de sándalo y rosas negras seguía impregnado en sus sentidos. Habían pasado tres horas desde que Fabia Vance se había marchado de la terminal VIP, y él no había podido concentrarse en un solo informe.

—No puede ser ella —se repitió por vigésima vez, hundiéndose las manos en los bolsillos del pantalón del traje—. Es imposible.

Caminó hacia su escritorio de caoba y abrió un compartimento secreto en el cajón inferior. Sacó una pequeña carpeta desgastada. Dentro había un informe privado que un detective le había entregado cuatro años atrás, cuando la culpa lo consumió tras descubrir que su madre había montado la trampa de las esmeraldas. El informe decía textualmente: «Fabia abandonó el estado en un autobús nocturno hace cinco años. No hay registros médicos, ni cuentas bancarias, ni rastro de empleo. La línea se enfrió en los suburbios de Europa».

Damián recordó la última vez que la había visto antes de esa tarde. Recordó sus ojos grises llenos de lágrimas suplicantes, su cuerpo menudo temblando bajo la lluvia mientras los guardias la arrastraban hacia la salida. Él se había quedado inmóvil en la escalinata, congelado por un orgullo estúpido, convenciéndose a sí mismo de que las ratas andrajosas siempre traicionaban. Qué ciego había sido. Qué maldito imbécil.

Durante cinco años había cargado con ese remordimiento, convirtiéndose en un hombre aún más despiadado en los negocios, buscando en cada rostro femenino un destello de la chica dulce que había destruido.

Y ahora, de la nada, aparecía Fabia Vance.

—Tiene sus mismos ojos, pero su mirada... su mirada me quiere muerto —murmuró Damián, recordando la gélida frialdad con la que ella le había sostenido el pulso en el aeropuerto.

La puerta de su oficina se abrió sin anunciar. Victoria Roth entró luciendo sus habituales perlas y una expresión de urgencia.

—Damián, los abogados ya tienen lista la estrategia para la junta de mañana —dijo la matriarca, sentándose en el sofá—. Esa mujer de Vance Global tiene fama de ser un tiburón sediento de sangre. Debemos mostrar firmeza. No podemos permitir que una extranjera maneje nuestras propiedades hoteleras a su antojo.

Damián miró a su madre, sintiendo una repentina oleada de repulsión. Recordó que fue ella quien sembró el veneno que lo alejó de la antigua Fabia.

—Mañana yo manejaré la sesión, madre —dijo Damián con una voz inusualmente dura—. Y te sugiero que cuides tus modales. La señora Vance no es alguien a quien podamos intimidar con el apellido Roth. Ella tiene el dinero, y nosotros la soga al cuello.

Victoria arrugó el entrecejo, sorprendida por la actitud defensiva de su hijo.

—Solo es una mujer con dinero, Damián. No le tengas miedo.

—No le tengo miedo, madre —respondió Damián, mirando fijamente la noche a través del ventanal—. Le tengo obsesión.

Cuando Victoria salió, Damián se aflojó el nudo de la corbata. Mañana volvería a verla en la sala de juntas. Si esa mujer era realmente su Fabia, iba a descubrirlo. Y si era una extraña que jugaba con sus recuerdos, tendría que aprender que Damián Roth nunca perdía un juego de poder.




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