La sala de juntas del piso 40 de la Corporación Roth estaba sumida en una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Los miembros del consejo de administración, todos hombres maduros en trajes costosos murmuraban entre sí. En la cabecera de la mesa se sentaba Victoria Roth, la matriarca, con su cabello rubio perfectamente peinado y una expresión de superioridad grabada en el rostro. A su lado, Damián mantenía la mirada fija en la puerta.
El reloj marcó las diez en punto. Las puertas dobles de caoba se abrieron.
Fabia entró. Hoy vestía un traje sastre de color rojo fuego que acentuaba sus curvas y gritaba poder. A su lado, Leo cargaba los portafolios. Ella no miró a nadie. Caminó directamente al asiento del extremo opuesto de Damián y se sentó, cruzando las piernas con elegancia.
—Buenos días, caballeros. Señora Roth —dijo Fabia, asintiendo levemente hacia la anciana.
Victoria Roth la miró entornando los ojos. Al igual que su hijo el día anterior, la anciana experimentó una violenta sacudida de reconocimiento, pero la descartó de inmediato. Aquella muchacha andrajosa que había echado de su casa jamás podría lucir joyas de diamantes reales en las orejas ni sentarse en esa mesa.
—Señora Vance —habló Victoria con voz altanera—. Agradecemos su interés en nuestra división hotelera. Supongo que su equipo ya revisó nuestra propuesta de rescate financiero. Ofrecemos el 20% de las ganancias operativas a cambio de una inyección de cincuenta millones de dólares.
Fabia dejó escapar una risa suave, un sonido melodioso pero cargado de desprecio que hizo que varios consejeros se removieran incómodos en sus asientos.
—¿Cincuenta millones por el 20%? —Fabia apoyó los codos en la mesa y entrelazó sus dedos—. Señora Roth, no sé si su departamento de contabilidad le está mintiendo o si usted simplemente vive en una realidad alternativa. Sus hoteles en la costa este tienen una tasa de ocupación del 40%. Sus deudas con los proveedores ascienden a treinta millones. Lo que ustedes ofrecen no es un negocio, es una obra de caridad. Y Vance Global no hace caridad.
—¿Cómo se atreve? —intervino uno de los directores, golpeando la mesa—. ¡Somos la Corporación Roth! ¡Tenemos un nombre!
Fabia desvió su mirada gélida hacia el hombre.
—Un nombre que estará en bancarrota el próximo mes si no firmo este cheque, señor —sentenció ella, con una voz tan firme que el director cerró la boca de inmediato—. Mis condiciones son simples. Cincuenta millones de dólares a cambio del 45% de las acciones de la división hotelera, voto preferencial en el consejo y el derecho de veto sobre cualquier decisión ejecutiva. Básicamente, a partir de hoy, si yo digo que un hotel se cierra, se cierra. Si digo que un gerente se va, se va.
—¡Jamás! —gritó Victoria, poniéndose de pie, roja de ira—. ¡Eso es una absorción hostil! ¡Damián, di algo! No podemos permitir que esta aparecida se quede con casi la mitad de nuestro patrimonio familiar.
Damián no despegaba los ojos de Fabia. Observó cómo ella ni siquiera pestañeó ante los gritos de su madre. La antigua Fabia habría llorado, se habría encogido. Esta mujer permanecía inmutable, disfrutando del caos que estaba provocando. Había algo en esa resistencia, en esa crueldad refinada, que le resultaba extrañamente excitante.
—Madre, siéntate —ordenó Damián con voz baja pero autoritaria.
—¡Pero Damián!
—He dicho que te sientes —repitió él, sin mirarla. Luego, se inclinó hacia adelante, conectando su mirada con la de Fabia—. Señora Vance... sus términos son extremadamente agresivos. Nos está dejando sin margen de maniobra.
—El mercado es agresivo, señor Roth —respondió ella, sosteniéndole la mirada con un destello de diversión en sus ojos grises—. Ustedes me necesitan más de lo que yo los necesito a ustedes. Puedo tomar mis cincuenta millones e invertirlos en la competencia mañana mismo. ¿Qué prefiere? ¿Perder el control de una parte de su empresa, o perder la empresa entera? Tienen diez minutos para decidir. Si salgo de esta sala sin un contrato firmado, la oferta expira.
Fabia se reclinó en su silla, tomó su tableta y empezó a revisar unos correos como si la supervivencia de la dinastía Roth fuera el asunto menos importante de su agenda.
Damián apretó los dientes. Estaba acorralado. Y lo peor de todo es que la mujer que lo tenía contra las cuerdas le gustaba tanto que le costaba concentrarse en los números.