Los diez minutos pasaron en un silencio sepulcral, interrumpido solo por los susurros desesperados entre Damián y sus asesores legales. Victoria Roth permanecía de brazos cruzados, fulminando a Fabia con la mirada, una mirada que la joven CEO ignoraba olímpicamente.
—El tiempo se ha agotado, caballeros —dijo Fabia, apagando la pantalla de su tableta con un chasquido seco. Se puso de pie, alisándose la falda del traje rojo—. Supongo que no hay trato. Leo, prepara el coche, llamaremos a la corporación rival esta misma tarde.
—Espere —la voz de Damián resonó en la sala, deteniéndola justo cuando tomaba su bolso de mano.
Fabia se volvió lentamente, con una ceja alzada en un gesto de calculada indiferencia.
—¿Sí, señor Roth?
—Aceptamos —dijo Damián.
—¡Damián, estás loco! —chilló Victoria, perdiendo los papeles por completo—. ¡Le estás entregando las llaves del reino a una extraña!
—Le estoy entregando una parte para salvar el resto, madre —respondió Damián, con la mandíbula tensa. Se levantó de su asiento y tomó la pluma estilográfica de oro que descansaba sobre la mesa—. Los abogados ya revisaron las cláusulas. Firmaremos ahora mismo.
Fabia caminó de regreso a la mesa con pasos lentos y felinos. Ver a Damián firmando el documento que le otorgaba a ella el poder de destruirlos desde adentro fue una de las sensaciones más gloriosas de su vida. El sabor de la venganza era frío, sí, pero sumamente dulce.
Cuando el documento estuvo firmado por ambas partes, Fabia extendió la mano para recibir su copia. Al tomar el papel, los dedos de Damián rozaron intencionalmente los suyos. Él no la soltó de inmediato. La obligó a quedarse a poca distancia, lo suficiente como para que pudiera hablarle en un susurro que solo ella pudiera escuchar.
—Espero que sea consciente de lo que acaba de hacer, señora Vance —dijo Damián, con sus ojos grises brillando con una intensidad peligrosa—. Nadie entra a mi empresa a dictar las reglas sin pagar un precio. Me gusta su audacia, pero juego sucio cuando es necesario.
Fabia no retiró la mano. Al contrario, se inclinó un poco más, dejando que el aroma de su perfume lo inundara por completo, desestabilizándolo.
—Señor Roth, usted no tiene la menor idea de lo que yo soy capaz de pagar... o de cobrar —respondió ella con una sonrisa enigmática—. Y respecto a jugar sucio... créame, yo aprendí de los mejores. Que tenga una excelente tarde.
Se soltó de su agarre con un movimiento limpio y caminó hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se detuvo por un segundo y miró de reojo a Victoria Roth, quien seguía temblando de rabia.
—Por cierto, señora Roth —dijo Fabia en voz alta, captando la atención de todos—. Un consejo de estilo gratuito. Esa gargantilla de perlas que lleva hoy... es un poco vulgar para una junta de negocios. El oro real no necesita esforzarse tanto por brillar.
Dicho esto, salió de la sala, dejando a la anciana con la boca abierta y un súbito sudor frío recorriéndole la espalda. Victoria se llevó una mano al cuello, mirando la puerta por donde la joven acababa de desaparecer.
—Esa... esa maldita mirada —susurró Victoria, con la voz temblorosa.
—¿Qué pasa, madre? —preguntó Damián, acercándose, con el ceño fruncido.
—Damián... esa mujer. Hay algo en ella que no está bien. Se parece a.… a la muerta de hambre que echamos hace años.
Damián sintió que el corazón le daba un vuelco, pero sacudió la cabeza, tratando de mantener la compostura frente al consejo.
—Eso es imposible, madre. Aquella chica no tenía dónde caerse muerta. Fabia Vance es de la aristocracia financiera europea. Deja de ver fantasmas donde no los hay.
Pero por dentro, Damián tampoco estaba tranquilo. La sospecha se había plantado en su mente como una semilla negra, y sabía que no descansaría hasta descubrir la verdad detrás de esos ojos grises que lo perseguían incluso con los ojos abiertos.