Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 8: El secreto en la suite

Al llegar a la suite presidencial del Roth Executive, Fabia cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra la madera, dejando escapar un largo suspiro. La máscara de frialdad y poder que había sostenido durante toda la mañana se agrietó por un momento. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón.

Haber tenido a Damián tan cerca, haber sentido su toque... había sido más difícil de lo que pensaba. El maldito seguía siendo igual de magnético, igual de imponente. Pero ya no era el hombre que podía destruirla con una mirada. Ahora ella tenía el poder.

—Mami —una voz pequeña y dulce la sacó de sus pensamientos.

De una de las habitaciones contiguas salió corriendo un niño de unos cuatro años, con el cabello alborotado y unos enormes y expresivos ojos grises. Los mismos ojos de Damián.

Fabia se dejó caer de rodillas de inmediato, abriendo los brazos para recibir a su hijo. El pequeño Leo Jr. (a quien llamaba cariñosamente en honor a su asistente, quien la había ayudado en los peores momentos) se estrelló contra ella, rodeándole el cuello con sus pequeños brazos.

—¡Mami! ¡Te extrañé! —dijo el niño, dándole un beso ruidoso en la mejilla—. La niñera me dejó ver los aviones desde la ventana gigante.

—Yo también te extrañé, mi amor —susurró Fabia, hundiéndose en el aroma a bebé de su hijo. La rigidez de su cuerpo desapareció por completo. Él era su motor, la única razón por la que había soportado el infierno y por la que estaba dispuesta a todo—. ¿Te has portado bien?

—Sí. He hecho un dibujo para ti. ¡Mira! —El niño corrió hacia la mesa de centro y regresó con un papel donde había pintado un gran edificio negro y tres figuras monigotes.

Fabia miró el dibujo. Dos de las figuras estaban tomadas de la mano: ella y su hijo. La tercera figura estaba pintada de negro, alejada, borrosa.

—¿Quién es este, cariño? —preguntó Fabia, con un nudo en la garganta.

—Es el hombre de la sombra —dijo el niño con la inocencia típica de su edad—. El que sale en tus sueños cuando lloras dormida. Dijiste que un día lo conoceríamos.

Fabia tragó saliva, sintiendo que los ojos se le humedecían. Apretó el dibujo contra su pecho y acarició el cabello del niño.

—Pronto, mi vida. Pronto lo conoceremos. Pero él no es un amigo. Es alguien que tiene que pedirnos perdón por muchas cosas.

En ese momento, el teléfono celular de Fabia vibró en su bolso. Se puso de pie, dejando al niño jugando con sus juguetes en la alfombra, y contestó. Era Leo, su secretario.

—Jefa, lamento molestarla en su tiempo con el niño, pero tenemos un problema —la voz de Leo sonaba preocupada—. Damián Roth acaba de enviar un mensajero al hotel. No es para asuntos de negocios.

—¿Qué quiere? —preguntó Fabia, recuperando instantáneamente su tono gélido.

—La está invitando a una cena privada esta noche. En el restaurante del último piso del hotel. Dice que es para "celebrar la nueva sociedad", pero especificó que la invitación es exclusivamente para usted. Sin asesores, sin secretarios. Solo ustedes dos.

Fabia miró a su hijo, quien se reía mientras jugaba con un auto de juguete en el suelo. Esos ojos grises... si Damián veía al niño, todo se derrumbaría antes de tiempo. Tenía que mantener a su hijo oculto hasta que la Corporación Roth estuviera completamente bajo sus pies.

—Acepta la invitación, Leo —dijo Fabia, con una sonrisa fría dibujándose en sus labios—. Dile al señor Roth que estaré allí a las ocho en punto. Si quiere jugar al gato y al ratón en una cena privada, le daré el espectáculo de su vida. Pero asegúrate de reforzar la seguridad en el piso de la suite. No quiero que nadie, absolutamente nadie de la seguridad del hotel, se acerque a las habitaciones de mi hijo.

—Entendido, jefa. ¿Qué vestido le preparo?

—El negro —respondió Fabia, con los ojos fijos en la ventana que daba a la ciudad—. El de seda con la espalda descubierta. Si Damián quiere recordar el pasado, voy a vestirme con el color de su funeral financiero.

Cortó la llamada. Se acercó al gran ventanal y miró hacia el horizonte. La noche estaba cayendo sobre Boston. Esta noche, Damián intentaría usar su encanto para descubrir quién era ella realmente. Lo que él no sabía era que Fabia ya no era la presa.

Esta noche, el lobo iba a cenar con la cazadora, y ella tenía la intención de clavarle el primer cuchillo directo en el orgullo.




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