Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 9: Líneas de control y celos

El calor del piso ejecutivo de la Corporación Roth no lograba disipar la tormenta que Damián llevaba por dentro. Desde su oficina del piso 41, tenía una vista perfecta del ala oeste del hotel, donde Fabia se hospedaba. Sabía que ella estaba allí, a solo unos metros de distancia, ocultando un universo de secretos detrás de la puerta de su suite.

—Señor Roth, los contratos de la división de alimentos necesitan su firma —anunció su secretaria, entrando con cautela.

Damián ni siquiera la miró.

—Déjalos en la mesa. Y cancela mis reuniones de la tarde. Quiero el pasillo del piso de la suite presidencial despejado.

En cuanto la secretaria salió, Damián tomó su chaqueta y bajó por el ascensor privado hacia el vestíbulo del hotel. No podía quedarse quieto. Necesitaba verla. Necesitaba comprobar que la mujer de mirada gélida que lo había acorralado en la sala de juntas era real y no un fantasma de su culpa.

Al llegar al vestíbulo de la zona VIP, se detuvo en seco.

Fabia estaba allí, de pie junto a las enormes cristaleras. Vestía un traje sastre color azul medianoche que la hacía lucir imponente. Pero lo que hizo que Damián apretara los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos no fue su belleza, sino el hombre que estaba a su lado.

Leo, el secretario privado de Fabia, se había inclinado hacia ella con una familiaridad que a Damián le pareció intolerable. El joven le acomodaba un mechón de cabello oscuro detrás de la oreja mientras le susurraba algo al oído. Fabia, lejos de apartarse, le dedicó una sonrisa suave, una sonrisa genuina que Damián no había visto en su rostro desde hacía cinco años.

Una oleada de posesividad y celos salvajes, un instinto de Alfa que creía extinto, golpeó el pecho de Damián. En dos zancadas largas, acortó la distancia entre ellos.

—Señora Vance —la voz de Damián resonó en el vestíbulo, tan profunda y cargada de una vibración peligrosa que varios empleados del hotel se tensaron de inmediato.

Fabia se giró lentamente. La sonrisa desapareció de sus labios al instante, sustituida por la máscara de hielo que usaba como escudo. Leo dio un paso atrás, pero mantuvo una postura firme, colocándose sutilmente medio paso por delante de su jefa, como un protector. Ese simple gesto enfureció aún más a Damián.

—Señor Roth —dijo Fabia, arqueando una ceja—. No esperaba verlo fuera de su oficina. Creí que estaba ocupado intentando salvar lo que queda de sus acciones.

—Siempre tengo tiempo para supervisar el bienestar de mis socios más... importantes —respondió Damián, clavando sus ojos grises en Leo con una hostilidad abierta—. No sabía que Vance Global permitía que sus secretarios se tomaran tantas libertades con la CEO.

Fabia dejó escapar una risa seca, un sonido que cortó el aire como un cuchillo de seda.

—Leo no es solo mi secretario, señor Roth. Es mi mano derecha, el hombre que maneja mis finanzas y la persona en la que confío mi vida. Algo que, como usted sabe, es una rareza en mi mundo. Él tiene permitido... cualquier tipo de libertad que yo decida otorgarle.

Las palabras de Fabia fueron un golpe directo al orgullo de Damián. La insinuación de que confiaba en ese joven más de lo que jamás confió en él le dolió más que una herida física.

—La cena es a las ocho, señora Vance —dijo Damián, dando un paso al frente, obligando a Leo a retroceder por puro peso de su presencia corporativa—. Espero que su... asistente recuerde que la invitación es estrictamente para usted. A solas. No me gusta compartir la mesa.

—Leo conoce su lugar, señor Roth. La pregunta es si usted conoce el suyo —sentenció Fabia, colocándose sus gafas Tom Ford—. Nos vemos a las ocho. Intente no llegar tarde; no me gusta hacer esperar a los hombres que dependen de mi dinero.

Ella se dio la vuelta, y Damián observó cómo Leo la escoltaba hacia el ascensor, colocándole una mano suave en la parte baja de la espalda. Damián se quedó solo en el vestíbulo, con la mandíbula tan tensa que sintió dolor. Esa noche, en el restaurante flotante, no solo iba a interrogarla sobre los negocios. Iba a reclamar las respuestas que su cuerpo y su mente exigían, aunque tuviera que arrancar la máscara de Fabia Vance con sus propias manos.




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