Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 10: Seda negra y miradas de fuego

El espejo de la suite presidencial devolvía la imagen de una mujer que Fabia apenas reconocía, pero que amaba con locura. El vestido de seda negra se adhería a su cuerpo como una segunda piel. Tenía un cuello alto y recatado por delante, pero al darse la vuelta, la tela caía en un corte vertiginoso que dejaba al descubierto su espalda limpia hasta la base de la columna. El contraste de su piel pálida con la seda oscura era letal. Se colocó unos pendientes de diamantes negros y se aplicó una última capa de labial rojo oscuro.

—Mami, estás muy guapa —dijo el pequeño Leo Jr., asomando la cabeza por la puerta con su osito de peluche bajo el brazo.

Fabia se agachó con cuidado de no arrugar el vestido y le dio un beso en la frente.

—Gracias, mi rey. Quédate con la niñera, ¿sí? Mami tiene que ir a trabajar. No salgas de la habitación por nada.

—¿Vas a ver al hombre de la sombra? —preguntó el niño con esos ojos grises que a Fabia siempre le daban un vuelco al corazón.

—Voy a poner al hombre de la sombra en su lugar —le prometió con una sonrisa tierna que se evaporó en cuanto se puso en pie y miró hacia la puerta.

Tomó su pequeño bolso de mano de Yves Saint Laurent y salió al pasillo. Leo, su secretario, la esperaba junto al ascensor privado.

—El restaurante del último piso ha sido cerrado exclusivamente para ustedes, jefa —informó Leo en voz baja—. Damián Roth no escatimó en gastos. Hay música de piano en vivo y un menú de siete tiempos. Sé que eres fuerte, Fabia, pero ten cuidado. Ese hombre te está cazando con los ojos.

—Que cace todo lo que quiera, Leo. Las balas las tengo yo —respondió ella mientras las puertas del ascensor se abrían.

Cuando el ascensor llegó al piso 42, las puertas se deslizaron suavemente para revelar un restaurante de cristaleras panorámicas con una vista impresionante de los rascacielos iluminados de Boston. En el centro del lugar, junto a la ventana principal, había una sola mesa iluminada por velas.

Y allí estaba él.

Damián Roth vestía un esmoquin negro a medida, sin corbata, con los primeros dos botones de la camisa blanca abiertos, dándole un aire peligrosamente atractivo y masculino. Estaba de pie, sosteniendo una copa de whisky con hielos, mirando la ciudad. Al escuchar el eco de los tacones de Fabia contra el suelo de madera noble, se giró.

Damián se quedó sin aliento. El whisky casi se le resbala de los dedos. Había visto a mujeres hermosas en las altas esferas de la sociedad, pero la mujer que caminaba hacia él tenía un aura de misterio y peligro que lo ponía de rodillas. La seda negra se movía con gracia alrededor de sus piernas, y la forma en que lo miraba, con una mezcla de desdén y diversión, lo volvía loco.

—Señora Vance —dijo Damián, dejando la copa en la mesa y dando un paso hacia ella—. Debo confesar que la junta de esta mañana me dejó con ganas de conocer más a fondo a mi nueva socia. Pero verla esta noche... es un privilegio que no esperaba.

Fabia se detuvo a un metro de él, dejando que el silencio se prolongara deliberadamente.

—Señor Roth, no confunda los negocios con la lisonja —dijo ella, con esa voz aterciopelada y fría—. Acepté esta cena porque me gusta supervisar mis inversiones de cerca, no porque me interesen sus halagos.

—¿Tan fría siempre? —Damián sonrió de lado, esa sonrisa arrogante que en el pasado hacía que a Fabia le temblaran las piernas. Él rodeó la mesa y, con caballerosidad, le retiró la silla—. Por favor.

Fabia se sentó, cuidando cada movimiento. Cuando Damián se inclinó para acercar la silla, su rostro quedó a escasos centímetros de la espalda desnuda de ella. Él inhaló inconscientemente. Ese aroma a sándalo y rosas... era embriagador, pero debajo de esa capa de perfume costoso, el instinto de Damián captó algo más. Una fragancia sutil, dulce, una memoria que su cerebro tenía archivada bajo el nombre de "dolor".

Se sentó frente a ella, mirándola fijamente a los ojos a través de la luz parpadeante de la vela.

—Un brindis, señora Vance —Damián levantó una copa de champaña Cristal—. Por una sociedad que promete ser... inolvidable.

Fabia tomó su copa, rozando apenas el cristal con el suyo.

—Por el destino, señor Roth. Que siempre pone a cada quien en el lugar que se merece.




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