La cena transcurrió en un juego de ajedrez verbal. Damián intentaba por todos los medios escarbar en el pasado de Fabia Vance, buscando la grieta en su historia.
—Es curioso —comentó Damián, cortando un trozo de corte fino de carne—, investigué los registros de Vance Global. Arthur Vance era un hombre muy reservado, pero nadie sabía que tenía una hija adoptiva hasta hace tres años. Parece que apareces de la nada, como un fantasma que se adueña de un imperio.
Fabia dejó su copa de vino tinto sobre la mesa con perfecta calma. Sabía que él mordería ese anzuelo.
—El mundo de las altas finanzas está lleno de hombres que creen que lo saben todo, señor Roth. Arthur me encontró en Europa en un momento en que yo no tenía nada, y vio en mí lo que nadie más pudo ver: una mente capaz de calcular el riesgo antes de que ocurra. Él me dio su apellido, su educación y su confianza. Cosas que los hombres de cuna de oro, como usted, suelen dar por sentadas.
Damián entrecerró los ojos, apoyando los codos en la mesa.
—Tienes resentimiento en la voz, Fabia... ¿Puedo llamarte Fabia?
—Señora Vance está bien.
—Fabia —insistió él, ignorando su corrección, con la voz volviéndose más baja y rasposa—. Hablas de los hombres de cuna de oro como si uno de ellos te hubiera hecho daño. Como si buscaras venganza de algo... o de alguien.
Fabia sintió una punzada de adrenalina. Él estaba cerca, muy cerca. Se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos. La luz de la vela iluminaba sus labios rojos y la frialdad implacable de sus ojos.
—Todos tenemos un pasado, Damián —dijo ella, usando su nombre de pila por primera vez, lo que hizo que él se tensara—. La diferencia entre usted y yo es que cuando a mí me tiran al suelo, me levanto más fuerte. En cambio, los hombres como usted, cuando caen... no saben cómo limpiar el fango de sus trajes caros. Su empresa está al borde del abismo. Si yo retiro mis fondos mañana, su precioso apellido Roth no valdrá más que el papel higiénico. Así que no se preocupe por mi pasado. Preocúpese por su futuro.
Damián sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de pura obsesión. Esa mujer lo estaba humillando, lo estaba amenazando en su propio hotel, y todo lo que él quería hacer era cruzar la mesa, tomarla por la nuca y besarla hasta que esa arrogancia se convirtiera en gemidos.
—Eres peligrosa —susurró Damián, con la mirada fija en sus labios.
—Soy el negocio que va a salvar tu vida, o el que la va a destruir. Tú decides qué carta jugar —respondió ella, poniéndose de pie con una elegancia suprema. El juego por hoy había terminado—. Gracias por la cena, señor Roth. La comida estuvo aceptable, pero la conversación empieza a aburrirme. Nos vemos mañana en el comité operativo.
Se dio la vuelta, dejando que él contemplara la deslumbrante vista de su espalda desnuda mientras se alejaba. Damián se quedó en la mesa, apretando la copa de vino hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—No me vas a ganar tan fácil —murmuró él, viendo cómo se cerraban las puertas del ascensor.