El roce de los dedos de Damián al retirar su silla todavía enviaba descargas eléctricas por la espalda desnuda de Fabia. Mientras la música del piano de cola flotaba en el aire del restaurante cerrado, ella se obligó a mantener los ojos fijos en su copa de vino, luchando por contener el temblor de sus manos.
Fingir era fácil en una sala de juntas, rodeada de carpetas y números. Pero aquí, bajo la luz parpadeante de las velas, con el hombre que le había enseñado el significado del amor y de la traición sentado a menos de un metro de distancia, la armadura de la "Viuda Negra" se sentía tan delgada como el papel.
—No has probado el corte de carne, Fabia —la voz de Damián la sacó de sus pensamientos. Era un murmullo bajo, casi íntimo, despojado de la arrogancia de la tarde.
—No tengo mucho apetito, señor Roth. El aire de Boston me resulta un poco... denso —respondió ella, forzando una sonrisa perfecta y distante.
Damián dejó sus cubiertos de plata y se reclinó en su asiento, mirándola con una fijeza que la hacía sentir desnuda.
—¿Por qué sigues llamándome señor Roth cuando estamos solos? Anoche, en mis pensamientos, te escuché llamarme por mi nombre un millón de veces. Sé que recuerdas cómo sonaba en tu boca.
—Lo que yo recuerde o deje de recordar no está en venta, Damián —soltó ella, cometiendo el error de usar su nombre de pila. Al ver el destello de triunfo en los ojos grises de él, se maldijo internamente—. El pasado es un territorio muerto. Deberías concentrarte en el contrato que firmarás mañana.
En ese momento, las notas del piano cambiaron, dando inicio a una melodía lenta, una balada clásica que Fabia reconoció de inmediato. Era la misma canción que sonaba en la radio del viejo auto de Damián la primera noche que él la llevó a ver las luces de la ciudad desde el mirador. Un golpe de nostalgia involuntaria le oprimió el pecho.
Damián se puso de pie. Rodeó la mesa con la elegancia de un depredador y se detuvo frente a ella, extendiendo una mano grande y de dedos largos.
—Concédeme esta pieza, señora Vance. Como socios, un baile de cortesía está dentro del protocolo de celebración.
—No creo que sea adecuado...
—Es solo un baile, Fabia. ¿O es que tienes miedo de lo que pueda pasar si me dejas acercarme demasiado? —desafió él, con una sonrisa de lado que encendió la furia y el deseo en las venas de ella.
Fabia aceptó el reto. Dejó su copa, se puso de pie con una gracia suprema y colocó su mano enguantada en encaje negro sobre la palma de él.
Damián la guió hacia la pequeña pista de madera noble junto a la cristalera. Al rodearle la cintura con su brazo, sus dedos entraron en contacto directo con la piel desnuda de su espalda. Fabia contuvo la respiración. El calor de la mano de Damián era como fuego puro contra su piel pálida. Él la pegó a su cuerpo, eliminando cualquier distancia decente. Ella pudo sentir el latido desbocado del corazón del hombre contra su propio pecho.
Empezaron a moverse al ritmo de la música. Damián la guiaba con una firmeza absoluta, haciéndola girar sobre los rascacielos iluminados que se reflejaban en el suelo de cristal.
—Estás temblando, Fabia —susurró él, inclinando la cabeza hasta que sus labios rozaron el lóbulo de su oreja, enviándole un escalofrío que la hizo apretar los dientes.
—Es el frío del restaurante, Roth —mintió ella, clavando sus uñas en la tela de su esmoquin negro.
—Mientes —Damián la estrechó aún más, su mano en la espalda bajando un centímetro más, ejerciendo una presión posesiva—. Tu cuerpo me recuerda. Tus ojos me buscan. Puedes engañar al consejo de administración, puedes engañar a mi madre, pero a mí no. Hace cinco años te entregué mi alma, y aunque me odies con justa razón, tu cuerpo sigue sabiendo que me perteneces.
Fabia detuvo el paso en seco en medio de la pista. Levantó la vista, mirándolo con unos ojos grises que destellaban un odio ardiente mezclado con una pasión destructiva.
—Yo no te pertenezco, Damián. La chica que te pertenecía se ahogó en el asfalto de tu mansión. Esta noche solo estás bailando con el verdugo que va a firmar tu ruina.
Se soltó de su agarre con un movimiento limpio, recuperando su bolso de mano de la mesa sin mirarlo. La tensión sexual en el aire era tan densa que temía que si se quedaba un segundo más, terminaría por besarlo o por llorar en sus brazos. Salió del restaurante con pasos rápidos, dejando a Damián solo en la pista, con la respiración agitada y el aroma a sándalo flotando en sus manos vacías.