Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 13: El pasillo del pánico

Fabia entró al ascensor y, en cuanto las puertas se cerraron, se llevó las manos a la cara. Estaba temblando. La tensión había sido sofocante. Exigía una fuerza mental sobrehumana mirar al hombre que amó y odió con la misma intensidad y actuar como si fuera una extraña.

El ascensor llegó al piso de la suite presidencial. Fabia salió al pasillo alfombrado, respirando al fin el aire fresco del aire acondicionado. Caminó hacia su puerta, pero antes de que pudiera sacar la tarjeta magnética, escuchó un sonido que le congeló la sangre.

Ping.

El ascensor de servicio, situado a unos metros de distancia, se abrió. De él salió un guardia de seguridad del hotel acompañado por... Damián.

Él había tomado el ascensor de servicio para ganarle el paso. Quería seguir presionándola.

—¿Señora Vance? Olvidó esto en la mesa —dijo Damián, mostrando un pequeño bolígrafo de oro con las iniciales de Vance Global que ella deliberadamente había dejado para ver si él la seguía. Pero Fabia no había previsto que él subiera de inmediato.

—Podría habérselo dado a mi secretario, señor Roth —dijo Fabia, recuperando su máscara de hielo, aunque por dentro su corazón latía con pánico. La puerta de su suite estaba a solo dos metros.

—Me pareció una buena excusa para asegurarme de que llegara bien a su habitación —Damián caminó hacia ella con pasos lentos, acortando la distancia en el pasillo solitario—. Además, insisto en que hay algo en usted que no me cuadra. Y no me gusta quedarme con las dudas.

En ese preciso momento, desde el interior de la suite de Fabia, se escuchó un golpe sordo, seguido de una risa infantil y clara.

—¡Mira, nana, el coche va muy rápido! —gritó la voz de un niño pequeño.

Damián se detuvo en seco. Sus cejas se fruncieron y sus ojos grises se abrieron con sorpresa. Miró la puerta de la suite y luego miró a Fabia.

—¿Hay un niño ahí dentro? —preguntó Damián, con una extraña vibración en la voz.

El pánico se apoderó de Fabia como una garra fría. Si Damián entraba, si veía al niño, vería sus propios ojos reflejados en esa pequeña cara. Vería la prueba viviente de su traición de hace cinco años. El plan de venganza se arruinaría antes de haber empezado a desmantelar la empresa.

—No es de su incumbencia, señor Roth —dijo Fabia, dándole un paso al frente para interponerse entre él y la puerta, con una mirada tan letal que el mismísimo guardia de seguridad dio un paso atrás.

—Esa voz... —Damián dio un paso hacia la puerta, como atraído por un imán invisible—. Esa voz infantil... suena...

—¡He dicho que se retire! —exclamó Fabia, alzando la voz con una autoridad que resonó en todo el pasillo—. Si da un solo paso más hacia mi privacidad, mañana mismo mis abogados cancelan el contrato de cincuenta millones y hundo sus acciones en la bolsa de Nueva York antes del mediodía. ¿Quiere apostar su imperio por un ataque de curiosidad, señor Roth?

Damián se quedó congelado. El poder de la amenaza económica lo golpeó de frente, pero lo que realmente lo detuvo fue la intensidad del pánico en los ojos de Fabia. Ella no tenía miedo de él; tenía miedo de lo que había detrás de esa puerta.

Hubo un silencio tenso que duró una eternidad. El aire en el pasillo se sentía espeso.

Finalmente, Damián dio un paso atrás, levantando las manos en señal de rendición, aunque sus ojos grises seguían fijos en la puerta de la suite.

—Muy bien, señora Vance. No quise ser indiscreto. Guarde su bolígrafo —le tendió el objeto, asegurándose de que sus dedos volvieran a rozarse—. Descanse. Nos vemos mañana en la junta. Pero recuerde... los secretos en este hotel terminan saliendo a la luz tarde o temprano.

Damián se dio la vuelta y caminó hacia el ascensor, con la mente trabajando a mil revoluciones por minuto. Esa voz de niño... había despertado algo en su instinto más primitivo.

Fabia pasó la tarjeta por la ranura con manos temblorosas, entró a la suite y cerró la puerta con doble llave, dejándose caer de espaldas contra la madera, con la respiración entrecortada.

—Estuvo tan cerca... —susurró, mirando hacia la habitación donde su hijo seguía jugando, ajeno al peligro que acababa de pasar rozando sus vidas.




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