El Gran Salón de Boston estaba decorado con candelabros de cristal de Bohemia, arreglos de orquídeas blancas y alfombras rojas. La crema y nata de la sociedad de Nueva Inglaterra estaba presente. Diamantes, champán de miles de dólares y trajes de etiqueta dominaban la estancia. Los fotógrafos de los periódicos de finanzas y sociedad se agolpaban en la entrada.
Damián Roth estaba de pie junto a su prometida, Camila Sterling, una modelo y heredera de una cadena de joyerías que vestía un pomposo vestido rosa pastel. Camila hablaba animadamente sobre su próximo viaje a Milán, pero Damián no le prestaba la menor atención. Su mirada estaba fija en la entrada principal.
De repente, los murmullos en el salón cesaron. Los flashes de las cámaras empezaron a disparar con una violencia ensordecedora.
Fabia Vance había llegado.
Si el vestido negro de la noche anterior había sido sensual, el de esta noche era una declaración de guerra. Llevaba un vestido de alta costura de seda color esmeralda —el mismo color de las joyas que la habían acusado de robar—. El vestido tenía un escote asimétrico que resaltaba sus clavículas perfectas y una abertura lateral en la falda que dejaba ver sus piernas kilométricas con cada paso. En su cuello, lucía una gargantilla de diamantes reales que eclipsaba a cualquier otra joya en el salón. Caminaba sola, con una gracia y una soberbia que hacían que las mujeres se apartaran a su paso y los hombres se olvidaran de respirar.
—Vaya... —murmuró Camila, mirando a Fabia con una envidia mal disimulada—. ¿Quién es esa mujer? Parece que cree que es la dueña del lugar.
—Lo es, en un 45% —respondió Damián con voz ronca, sin poder apartar los ojos de ella.
Fabia avanzó por el salón, sosteniendo una copa de champaña. Vio a Damián y a Camila, y caminó directamente hacia ellos, con una sonrisa impecable que ocultaba el fuego de su desprecio.
—Buenas noches, señor Roth —dijo Fabia, asintiendo levemente—. Señorita Sterling, supongo. He visto sus fotos en las revistas de moda. Las fotos le favorecen mucho más que la realidad.
Camila abrió la boca, ofendida por el sutil insulto, pero antes de que pudiera responder, Victoria Roth apareció desde atrás, con una sonrisa de víbora en el rostro.
—Señora Vance, qué alegría que haya venido —dijo Victoria en voz alta, llamando la atención de los invitados cercanos—. Estábamos hablando de usted. Nos preguntábamos... con una fortuna tan grande en Europa, es extraño que no hayamos escuchado de su familia antes de estos últimos tres años. De hecho, mi jefe de seguridad me comentó que usted se parece muchísimo a una exempleada que tuvimos que despedir por... bueno, por tener las manos largas. Una tal Fabia. ¿Qué coincidencia de nombre, verdad?
El grupo de personas alrededor se quedó en silencio. La acusación implícita de Victoria era una bomba social. Estaba llamando ladrona e impostora a la mujer que acababa de salvar a la Corporación Roth.
Damián se tensó, mirando a Fabia, esperando ver la grieta, el pánico, la confirmación de sus sospechas.
Fabia, sin embargo, dejó escapar una risa clara y sonora que desconcertó a todos. Miró a Victoria con una lástima infinita, como quien mira a un insecto molesto.
—Señora Roth, la demencia senil es una enfermedad terrible, debería hacérsela revisar —dijo Fabia con una voz perfectamente audible para todo el salón—. Que usted intente comparar a la heredera de Vance Global con una empleada doméstica solo demuestra lo desesperada que está por desviar la atención del hecho de que su familia tuvo que suplicarme de rodillas por cincuenta millones de dólares para no terminar en la calle.
Murmullos de sorpresa recorrieron el salón. Victoria se puso roja de la humillación.
—¡Tú...! —comenzó Victoria, perdiendo los modales.
—Y respecto a las "manos largas" —continuó Fabia, dando un paso hacia la anciana, reduciendo el espacio personal—, tenga cuidado con lo que dice sin pruebas. Porque con un solo chasquido de mis dedos, puedo hacer que los auditores que envié hoy a su división hotelera revisen las cuentas secretas de la fundación que usted maneja. ¿Está segura de que quiere hablar de ladrones en este salón, señora Roth? ¿O prefiere que hablemos de los fraudes fiscales que su firma ha estado ocultando durante años?
Victoria dio un paso atrás, sintiendo que el corazón le fallaba. El sudor frío empapó su frente. Fabia Vance no solo sabía de finanzas; tenía información clasificada que podría meterla en la cárcel.
Damián intervino de inmediato, colocándose entre ambas, asombrado por el poder destructivo de Fabia.
—Señora Vance, mi madre no quiso ofenderla. Fue solo un malentendido —dijo Damián, tratando de controlar los daños.
—Espero que sea el último malentendido, señor Roth —dijo Fabia, mirándolo directamente a los ojos con un desprecio abrasador—. Porque no tolero los insultos de la gente que vive de mis migajas. Con su permiso, voy al tocador. El aire en este sector se ha vuelto un poco rancio.
Fabia se dio la vuelta y caminó con paso firme hacia el pasillo de los baños, dejando tras de sí un silencio sepulcral y a la familia Roth completamente humillada en su propia gala.