Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 16: El beso del odio y el deseo

Fabia entró al baño de damas, que afortunadamente estaba vacío. Se apoyó en el lavabo de mármol y abrió la llave del agua fría, mojándose las muñecas para calmar la furia que le quemaba las venas. Haber tenido a Victoria enfrente, la mujer que la había arrojado a la lluvia como un perro, había despertado todos sus demonios.

—Malditos sean... todos ellos —susurró, apretando los dientes.

La puerta del baño se abrió de golpe y se cerró con el pestillo.

Fabia se giró rápidamente, esperando ver a una invitada, pero se encontró con la imponente figura de Damián. Él había entrado al baño de mujeres. Sus ojos grises estaban oscuros, inyectados de una mezcla de rabia, confusión y un deseo salvaje que no podía contener más.

—¿Qué cree que hace aquí? Este es el baño de mujeres, señor Roth. Salga inmediatamente o grito —amenazó Fabia, poniéndose en guardia.

—Grita todo lo que quieras, no me importa —Damián caminó hacia ella con pasos largos y decididos. La acorraló contra el lavabo de mármol, apoyando las manos a ambos lados de su cuerpo, atrapándola—. Estoy harto de tus juegos, Fabia. Estoy harto de la máscara de empresaria fría.

—¡Suélteme! —ella intentó empujarlo por el pecho, pero él era como una roca de puro músculo—. No sé de qué me habla.

—¡Sé que eres tú! —rugió Damián, con la voz rota por la frustración—. Ese desprecio, esa forma de mirarme... ¡Eres la Fabia que eché de mi vida! ¡No me importa cómo conseguiste el dinero de ese viejo Vance, no me importa el vestido de Chanel ni los diamantes! Tu cuerpo... tu aroma... ¡Sé que eres mi Fabia!

—¡Yo no soy tuya ni de nadie! —le gritó ella a la cara, con los ojos llenos de lágrimas de rabia, perdiendo por completo el acento europeo—. ¡La chica a la que pisoteaste murió esa noche en la lluvia por tu culpa! ¡Eres un monstruo, Damián!

Al escuchar esas palabras, Damián tuvo la confirmación que buscaba. Sus sospechas eran ciertas. Era ella. La mujer que había estado buscando durante cinco años estaba aquí, destruyendo a su familia. Pero en lugar de enojo, una oleada de alivio y una pasión destructiva lo inundaron.

—Eres tú... —susurró él, y antes de que ella pudiera decir otra palabra, Damián se inclinó y la besó.

Fue un beso violento, salvaje, cargado de cinco años de odio, culpa, deseo y desesperación acumulados. Damián la tomó de la cintura con fuerza, pegando su cuerpo al de él, devorando sus labios con una necesidad enfermiza.

Fabia luchó. Le golpeó el pecho con los puños, intentó morderle el labio, pero el contacto de la boca de Damián contra la suya despertó una memoria celular que su cuerpo no había olvidado. El odio y el deseo se mezclaron en su boca. Por un segundo, solo por un maldito segundo, Fabia cedió al beso, respondiendo con la misma furia y pasión, enterrando sus uñas en la espalda del esmoquin de él. El beso se volvió profundo, un torbellino de fuego que amenazaba con quemar toda su venganza.

Pero entonces, el recuerdo de su hijo, de las noches de fiebre pasadas en vela en un cuarto frío de Europa mientras Damián vivía en el lujo, cruzó por su mente como un relámpago.

Fabia reunió todas sus fuerzas, levantó la rodilla y le propinó un golpe certero en la entrepierna.

Damián se quejó de dolor, soltándola y dando un paso atrás, doblándose un poco.

Fabia se limpió la boca con el dorso de la mano, con la respiración agitada y los ojos brillando con un odio puro que hizo que Damián se congelara a pesar del dolor.

—Vuelve a tocarme, Damián Roth... y te juro por la memoria de lo único puro que me queda, que destruiré tu corporación mañana en la mañana —dijo ella, con la voz temblando de furia elemental—. Sí, soy Fabia. La chica a la que trataste como basura. Regresé, y esto que viste hoy es solo el comienzo. Voy a quitarle a tu madre su prestigio, a ti te voy a quitar tu orgullo y a tu empresa la voy a desmantelar pieza por pieza hasta que no quede nada. Disfruta tu beso, porque es lo último que vas a obtener de mí antes de tu ruina.

Fabia se arregló el vestido esmeralda con un movimiento rápido, se colocó las gafas oscuras que llevaba en el bolso para ocultar sus ojos enrojecidos y salió del baño con la frente en alto, dejando a Damián solo, tirado en el suelo del baño, con el sabor de sus labios de fuego y la certeza de que había desatado a un demonio que no se detendría ante nada.




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