El taconeo de Fabia al regresar del baño de la gala no disminuyó su velocidad. Cruzó el gran salón ignorando las miradas curiosas de los invitados que murmuraban sobre el altercado con Victoria Roth. Localizó a Leo con una simple mirada fija. Su secretario, captando la urgencia en la postura de su jefa, dejó su copa en una bandeja y caminó a su encuentro en el vestíbulo.
—Nos vamos. Ahora mismo —ordenó Fabia con una voz que cortaba como el hielo.
—¿Pasó algo con Damián? —preguntó Leo, abriendo la puerta para que el chofer arrimara el auto blindado.
—Lo sabe, Leo. Sabe quién soy. El maldito me arrinconó en el baño y... —Fabia se detuvo, apretando los puños dentro de su abrigo. No iba a mencionar el beso; el simple recuerdo hacía que sus labios ardieran de rabia y de una molesta electricidad—. Eso no importa. Lo importante es que mi máscara cayó con él. La guerra ya no es en las sombras.
Se subieron al asiento trasero del automóvil. Mientras las luces de la ciudad pasaban a toda velocidad a través de los cristales tintados, el teléfono de Leo vibró con una alerta roja de alta prioridad.
—Jefa... —Leo miró la pantalla con el rostro desencajado—. El sistema de circuito cerrado que instalamos de forma independiente en el piso de la suite presidencial del hotel acaba de registrar una intrusión hace veinte minutos.
A Fabia se le congeló la sangre.
—¿Quién entró? ¿Damián?
—No. Según el reconocimiento facial del software, es Marcus Vance... perdón, Marcus Flint, el jefe de seguridad personal de Victoria Roth. Estuvo dentro de la suite durante exactamente cuatro minutos. Salió antes de que la seguridad privada que dejamos en el pasillo regresara de su ronda programada. Sabía exactamente en qué momento los guardias cambiaban de turno.
—Mi hijo... —el corazón de Fabia dio un vuelco violento. El pánico de una madre sustituyó instantáneamente a la frialdad de la empresaria—. ¡Dile al chofer que acelere! ¡Si ese hombre tocó a mi hijo, juro que mataré a Victoria Roth con mis propias manos!
Los diez minutos que tardaron en llegar al Roth Executive fueron los más largos de su vida. Fabia subió en el ascensor privado con el pulso a mil. Al entrar a la suite, abrió la puerta de la habitación del niño de un golpe.
El pequeño Leo Jr. estaba profundamente dormido en la enorme cama, abrazado a su osito de peluche, con la respiración tranquila de la inocencia. La niñera, una mujer de mediana edad de total confianza, estaba sentada en un sillón leyendo un libro.
—Señora Vance, ¿ocurre algo? —preguntó la mujer, asustada por la irrupción.
Fabia se acercó a la cama, acarició el cabello suave de su hijo y dejó escapar el aire que tenía retenido en los pulmones. Estaba a salvo. El niño no había sido tocado.
—Leo, busca qué se llevó —dijo Fabia, saliendo de la habitación y regresando a la estancia principal, donde su secretario ya revisaba los sensores de movimiento en su tableta.
—No tocó las cajas fuertes ni los documentos de la empresa, jefa —dijo Leo, saliendo del baño principal con una expresión sombría—. Estuvo aquí. En el tocador del niño. Se llevó el cepillo de dientes de Leo Jr. y un peine con cabellos que estaba sobre el mostrador.
Fabia se apoyó en la mesa, sintiendo un sudor frío.
—La vieja víbora... —susurró, con los ojos inyectados en odio—. No quiere robarme secretos comerciales. Quiere una prueba de paternidad. Sabe que la línea de tiempo coincide y quiere saber si mi hijo tiene la sangre de Damián. Si esos resultados llegan a manos de Damián, o si Victoria los usa para deshacerse del niño... estamos perdidos.
—¿Qué hacemos, Fabia? Un laboratorio privado de alta gama tarda menos de veinticuatro horas en procesar una muestra de ADN si se paga una tarifa exprés. Mañana por la tarde, Victoria Roth tendrá el papel en sus manos.
Fabia se enderezó. El pánico desapareció, reemplazado por la astucia implacable que la había mantenido con vida en los peores suburbios de Londres antes de conocer a Arthur Vance.
—¿Quién es el dueño del laboratorio médico central de Boston, el que procesa las pruebas de la alta sociedad? —preguntó Fabia.
—El grupo hospitalario St. Jude. El socio mayoritario es el doctor Harrison, un viejo amigo de tu padre adoptivo.
Fabia esbozó una sonrisa letal.
—Perfecto. Llama al doctor Harrison. Dile que la heredera de Arthur Vance necesita un favor que salvará la reputación de su fondo de inversión. Mañana por la mañana, esa muestra de ADN va a ser interceptada. Si Victoria Roth quiere un resultado, le daremos uno... pero no el que ella está buscando.