Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 19: El instinto del cazador

El silencio en el piso ejecutivo a las dos de la mañana era absoluto, pero la mente de Damián Roth era un torbellino de sospechas. Sentado detrás de su escritorio, con las luces de la oficina apagadas y la única iluminación de la luna filtrándose por el ventanal, sostenía entre sus dedos una vieja fotografía de Fabia. Era una imagen borrosa de la universidad, una época en la que ella sonreía de verdad, antes de que el mundo y su propia familia la corrompieran.

«¿Hay un niño ahí dentro?», se repitió a sí mismo, y la vibración de la risa infantil que había escuchado a través de la puerta de la suite presidencial volvió a resonar en sus oídos.

No era solo curiosidad empresarial. Había algo en la reacción de Fabia, ese pánico animal y desesperado por interponerse entre él y la puerta de su suite, que delataba un secreto de dimensiones catastróficas. Fabia Vance estaba dispuesta a destruir un fondo de cincuenta millones de dólares con tal de que él no diera un solo paso hacia esa habitación.

La puerta de la oficina se abrió con suavidad y una sombra alta entró. Era Marcus Flint, su jefe de seguridad de confianza, el mismo hombre al que su madre, Victoria, creía controlar por completo.

—Señor Roth —dijo Marcus, dejando un archivo digital sobre la mesa—. Su madre me ordenó entrar a la suite de la señora Vance esta tarde. Quiere que extraiga muestras biológicas del menor para una prueba de ADN exprés en el laboratorio St. Jude.

Damián no se sorprendió. Conocía el veneno de su madre; sabía que Victoria no descansaría hasta asegurarse de que esa "bastarda", como ella la llamaba, no tuviera un lazo de sangre con la dinastía.

—¿Y vas a hacerlo, Marcus? —preguntó Damián, con una voz gélida.

—Ya lo hice, señor. Pero como mis verdaderas órdenes contractuales son con usted y no con la matriarca, intercepté la ruta. El cepillo de dientes del niño ya está en camino al laboratorio bajo el protocolo que su madre exigió. Sin embargo, antes de entregar el paquete, tomé una muestra doble.

Damián se enderezó en su silla, sus ojos grises brillando con una intensidad peligrosa en la penumbra.

—Quiero mi propia prueba, Marcus. Pero no en el laboratorio St. Jude. Mi madre tiene demasiadas conexiones allí y podría comprar a los técnicos si el resultado no le favorece. Envía mi muestra al centro genético de Nueva York bajo un nombre falso. Quiero saber la verdad sin interferencias de nadie.

—Entendido, señor Roth. El informe de su madre estará listo mañana a mediodía. El suyo tardará cuarenta y ocho horas más debido al traslado confidencial.

Marcus hizo una breve reverencia y se retiró en la sombra.

Damián se reclinó en su sillón de piel, entrelazando los dedos. Su corazón latía con una fuerza inusual. La matemática de los cinco años de ausencia de Fabia coincidía de forma macabra con la edad de esa voz infantil. Si ese niño llevaba su sangre, si Fabia lo había tenido en secreto durante todo su exilio... el remordimiento que había cargado durante media década se convertiría en una deuda de por vida.

—Si eres mío, pequeño... —murmuró Damián hacia la oscuridad, con una mezcla de terror y una extraña esperanza que le encendió el pecho—. Tu madre puede odiarme todo lo que quiera, pero no va a poder ocultarte de mí en este hotel.




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