A las ocho de la mañana del día siguiente, el laboratorio central de St. Jude estaba abriendo sus puertas. Un técnico de laboratorio con un uniforme azul recibió un sobre sellado de alta seguridad de manos de Marcus Flint, el jefe de seguridad de Victoria Roth.
—Muestra de prioridad absoluta. El cliente quiere los resultados antes de las dos de la tarde —dijo Marcus, entregando un fajo de billetes de cien dólares bajo el mostrador—. Asegúrate de que nadie toque esa muestra.
El técnico asintió y llevó el sobre al área de análisis de ADN. Sin embargo, en cuanto Marcus salió del edificio, el supervisor del laboratorio, un hombre mayor con gafas que respondía directamente al doctor Harrison, entró a la sala de máquinas.
—Entrégame el sobre que acaba de llegar de la familia Roth —ordenó el supervisor.
El técnico, asustado, se lo entregó. El supervisor abrió el paquete con cuidado utilizando un bisturí, extrajo el cepillo de dientes del pequeño Leo Jr. y lo colocó en una bolsa de residuos biológicos para ser destruido. En su lugar, sacó de su bolsillo un cepillo idéntico, previamente preparado por Leo (el secretario de Fabia), que contenía el ADN de un donante anónimo, un niño europeo sin ningún parentesco con la familia Roth.
El sobre fue sellado nuevamente con un pegamento especial de alta precisión.
—Procesa esto —dijo el supervisor—. Y asegúrate de que el informe final diga que la compatibilidad de paternidad con Damián Roth es del 0%.
Dos horas después, en la oficina de Victoria Roth, la anciana recibió un correo electrónico encriptado con el logotipo del laboratorio. Con manos temblorosas por la anticipación y la maldad, abrió el archivo PDF.
Sus ojos escanearon el documento buscando el porcentaje final.
RESULTADO DE LA PRUEBA DE PATERNIDAD: Muestra A (Damián Roth) vs Muestra B (Infante Anónimo) COMPATIBILIDAD: 0.00% Conclusión: El individuo masculino analizado queda completamente excluido como padre biológico del menor.
Victoria dejó caer el teléfono sobre el escritorio, exhalando un suspiro de alivio combinado con una risa de desprecio.
—No es su hijo —celebró la anciana, con una sonrisa maliciosa—. Esa maldita perra solo tuvo un bastardo con un europeo para quedarse con la fortuna del viejo Vance. No tiene ningún derecho sobre nuestra familia. Damián está perdiendo la cabeza por una mujer que solo es una zorra afortunada. Tengo que enseñarle esto ahora mismo.