Fabia estaba revisando los informes financieros en la sala de su suite cuando escuchó ruidos extraños en el pasillo. Voces masculinas, el sonido de maletas pesadas siendo arrastradas y la voz autoritaria de Damián dando órdenes.
Se levantó de inmediato y abrió la puerta de la suite.
Frente a ella, en la puerta de la suite presidencial de enfrente —la única otra habitación de súper lujo de ese piso—, Damián estaba de pie, sin chaqueta, con las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos, supervisando a los botones que metían su ropa en el lugar.
Al verla salir, Damián detuvo lo que estaba haciendo y le dedicó una sonrisa cargada de arrogancia y una intensa promesa.
—Buenos días, vecina —dijo Damián, apoyándose en el marco de su puerta.
—¿Qué significa esto, Damián? —Fabia cruzó los brazos, manteniendo su postura rígida, aunque su corazón dio un vuelco al ver lo cerca que estaría ahora—. Este es mi piso. Exijo privacidad para mi equipo de trabajo.
—Este es mi hotel, Fabia —respondió él, dando unos pasos por el pasillo hasta quedar a un metro de ella. El aroma a sándalo de ella volvió a golpearlo, despertando el recuerdo del beso de la noche anterior—. Y como socio del 55% restante, decidí que para optimizar nuestra "sociedad operativa", era necesario que estuviéramos cerca. Muy cerca. Así podemos revisar los números a altas horas de la noche... o lo que haga falta.
—Estás perdiendo el tiempo. Lo que pasó anoche en la gala no cambia nada. Mi plan para hundir tus hoteles sigue en marcha.
—Lo sé —Damián dio un paso más, invadiendo su espacio personal. Podía ver el labial rojo de ella y la forma en que sus ojos grises se entrecerraban con desprecio—. Sé que me odias. Sé que quieres verme de rodillas. Y te voy a confesar algo: me muero de ganas de ver cómo lo intentas. Pero mientras lo haces, voy a estar aquí. No voy a dejar que te escondas tras tus guardaespaldas.
En ese momento, el ascensor del piso se abrió con un sonido electrónico. Victoria Roth salió de él, sosteniendo una carpeta de cuero negro en sus manos. Su rostro reflejaba una victoria absoluta.
—¡Damián! Qué bueno que estás aquí —dijo Victoria, ignorando por completo la mirada gélida de Fabia—. Tienes que ver esto. Traigo la prueba de que esta mujer es una mentirosa y que estás perdiendo el tiempo con ella.
Damián frunció el ceño, dándose la vuelta.
—¿De qué estás hablando, madre?
—Anoche mandé a investigar el "secreto" que esta señora guarda en su suite —Victoria miró a Fabia con una sonrisa de superioridad, sacando el papel del laboratorio—. Escuchaste un niño, ¿verdad? Pues aquí tienes el análisis de ADN de ese bastardo. Pensé que tal vez quería extorsionarnos diciendo que era tu hijo, pero mira el resultado: ¡Cero por ciento de compatibilidad! El hijo de Fabia Vance no es más que el fruto de sus noches con cualquier extranjero en Europa. No es un Roth. No tiene tu sangre. Es una extraña sin ningún valor para nosotros.
Victoria arrojó el papel sobre el pecho de Damián, esperando ver el aliento de alivio de su hijo y la humillación en el rostro de Fabia.
Fabia mantuvo el rostro completamente inmutable, aunque por dentro quería estallar de la risa. Su plan de interceptación había funcionado a la perfección. La vieja víbora se había tragado el anzuelo por completo.
Damián miró el papel. Sus ojos escanearon el "0.00%". Pero en lugar de alegrarse, sintió una extraña y dolorosa opresión en el pecho. Por un segundo, una parte muy profunda de su alma había tenido la estúpida esperanza de que ese niño fuera suyo, de que hubiera un lazo inquebrantable que lo uniera a Fabia para siempre.
Arrugó el papel en su puño y miró a su madre con una furia fría.
—Te ordené que no te metieras en mi vida, madre —dijo Damián, con la voz temblando de rabia—. Entraste a la suite de mi socia sin permiso. Cometiste un delito.
—¡Lo hice para protegerte! —se defendió Victoria, desconcertada por la reacción—. ¡Te estoy demostrando que esa mujer no tiene nada con qué chantajearte!
Fabia dio un paso al frente, colocándose al lado de Damián, mirando a Victoria como si fuera una criatura patética.
—Señora Roth, le agradezco que haya gastado el dinero de su caja chica en certificar lo que yo ya sabía: mi hijo es un Vance, tiene una herencia de miles de millones de dólares y no necesita el apellido de una familia en quiebra moral y financiera como la suya —dijo Fabia, con una sonrisa venenosa—. Pero como su hijo mencionó... la violación de privacidad en este hotel es un asunto serio. Leo, llama a los abogados. Mañana presentaremos una demanda civil contra la junta directiva por acoso y allanamiento. Descuenten diez millones del fondo de rescate como penalización por incumplimiento de las cláusulas de seguridad.
—¡No puedes hacer eso! —chilló Victoria.
—Puedo y lo acabo de hacer —sentenció Fabia. Miró a Damián por encima de sus gafas de sol—. Controle a su madre, señor Roth. Si va a ser mi vecino, asegúrese de que sus mascotas no crucen al lado de mi pasillo. Buenas tardes.
Fabia entró a su suite y cerró la puerta, dejando a Damián fulminando a su madre con la mirada.
—Fuera de mi hotel, madre —dijo Damián, con una voz que no admitía réplicas—. Mañana firmarás tu renuncia al consejo de administración. Estás fuera de la empresa.