La medianoche había caído sobre el hotel Roth Executive, trayendo consigo un silencio sepulcral que solo se rompía por el siseo casi imperceptible del aire acondicionado en los pasillos de alfombra gruesa.
Fabia estaba en el pequeño despacho de su suite, concentrada en las pantallas que mostraban las gráficas de la auditoría que lanzaría al día siguiente. Tenía los auriculares puestos, escuchando un informe financiero de sus asesores en Londres. Estaba tan inmersa en los números que no se dio cuenta de que la puerta de la habitación del niño se abría lentamente.
El pequeño Leo Jr. se bajó de la cama arrastrando los pies. Tenía sed y, además, se había dado cuenta de que su coche de carreras favorito, el de metal rojo, no estaba con él. Recordaba haberlo dejado en el vestíbulo de la suite esa tarde. Con la inocencia y el sigilo que solo un niño de cuatro años posee, caminó por la estancia a oscuras.
Al llegar a la puerta principal de la suite, vio que no estaba completamente cerrada. Leo, el secretario, había salido minutos antes para ir a su propia habitación y el pestillo de alta seguridad no había encajado bien por milímetros. El niño, empujado por la curiosidad, empujó la pesada hoja de caoba y asomó la cabeza al pasillo iluminado.
Allí, a pocos metros, el coche de metal rojo brillaba bajo la luz dicroica. Se le había caído a Leo de la bolsa de juguetes al entrar.
Leo Jr. salió al pasillo en sus pantuflas de osito, se agachó y tomó el coche con una sonrisa de victoria.
En ese mismo instante, la puerta de la suite de enfrente se abrió.
Damián Roth salió vistiendo unos pantalones de pijama negros y una camiseta de algodón gris que se amoldaba a su torso. No podía dormir. El olor de Fabia, su cercanía al otro lado del pasillo y el recuerdo del beso en el baño lo tenían con el sistema nervioso alterado. Tenía un vaso vacío en la mano y planeaba bajar al bar privado del piso inferior a buscar un whisky.
Se detuvo en seco al ver la pequeña figura en medio del pasillo.
Damián parpadeó, pensando que era una alucinación provocada por el insomnio. Pero no. Era un niño de unos cuatro años, con un pijama de dinosaurios, sosteniendo un coche de juguete.
El niño escuchó el movimiento y levantó la vista. Sus ojos se encontraron.
A Damián se le detuvo el corazón. Un escalofrío violento, una sacudida eléctrica que nació en la base de su columna, lo dejó paralizado. El papel del laboratorio que su madre le había entregado horas antes decía "0.00% de compatibilidad". La ciencia decía que ese niño no tenía nada que ver con él. Pero el instinto humano y la biología son más antiguos y poderosos que cualquier máquina de laboratorio.
El niño tenía el cabello oscuro y rebelde, exactamente igual al de Damián cuando era pequeño. Pero lo que hizo que a Damián se le secara la boca fueron los ojos. Eran de una gris tormenta idéntico al suyo. No solo el color, sino la forma de mirar: analítica, curiosa, sin un ápice de miedo.
Leo Jr., lejos de asustarse al ver a un hombre tan alto y corpulento, ladeó la cabeza y se mordió el labio inferior con el diente izquierdo.
Damián sintió un golpe en el estómago. Él hacía exactamente ese mismo gesto cuando estaba pensando o analizando una situación. Era un tic familiar que su abuelo tenía y que él había heredado.
—Hola —dijo Damián con una voz inusualmente suave, casi temerosa de romper el momento. Se agachó para quedar a la altura del niño, dejando el vaso de cristal en la alfombra—. ¿Qué haces aquí fuera tan tarde, pequeño?
Leo Jr. miró su coche de carreras y luego al hombre.
—Buscaba a Rayo —dijo el niño, mostrando el coche—. Se había escapado.
—Rayo es un coche muy rápido, por lo que veo —Damián forzó una sonrisa, sintiendo una inmensa y extraña ternura que nunca antes había experimentado por ningún ser vivo. Extendió una mano grande y bronceada hacia el niño—. Soy Damián. ¿Cómo te llamas tú?
El niño estaba a punto de responder cuando la puerta de la suite de Fabia se abrió de par en par con un golpe violento.