Fabia se había quitado los auriculares justo a tiempo para escuchar el murmullo de una voz masculina en el pasillo. Al notar que la puerta estaba entornada y que la cama de su hijo estaba vacía, el pánico la convirtió en un animal salvaje.
Salió al pasillo con los ojos desorbitados. Al ver a Damián agachado, a pocos centímetros de su hijo, sintió que el mundo se detenía.
—¡No lo toques! —gritó Fabia, abalanzándose como una leona.
Se interpuso entre Damián y el niño, tomando a Leo Jr. en sus brazos y pegándolo contra su pecho con una fuerza desesperada. El niño, asustado por el grito de su madre, escondió la cara en el cuello de Fabia, sollozando suavemente.
Damián se puso de pie lentamente, con el ceño fruncido, observando la reacción desproporcionada de la mujer.
—Tranquila, Fabia. No le iba a hacer nada —dijo Damián, con la voz grave, pero sus ojos seguían fijos en la forma en que el niño se aferraba a ella—. El niño se salió al pasillo a buscar un juguete. Solo estaba hablando con él.
—¡Te he dicho que te alejes de nosotros, Damián! —Fabia temblaba de pies a cabeza, una mezcla de terror puro y furia elemental. Su mano acariciaba la espalda del niño de forma protectora—. No tienes derecho a dirigirle la palabra a mi hijo. Entra a tu maldita habitación y déjanos en paz.
Damián dio un paso hacia ella. Sus ojos grises, los mismos del niño, se entrecerraron con una sospecha que el examen de ADN no lograba apagar.
—Tiene mis ojos, Fabia —soltó Damián en un susurro que hizo que el pasillo pareciera congelarse.
—¡Estás loco! —escupió ella, dando un paso atrás hacia su suite—. Mi madre me dio estos ojos grises, y mi hijo los heredó de mi línea familiar. Ya viste el examen que trajo tu madre. No es nada tuyo. No tiene una sola gota de tu maldita sangre podrida.
—La ciencia puede decir lo que quiera —Damián dio otro paso, quedando tan cerca que ella podía sentir el calor de su cuerpo en la fría noche—. Pero cuando lo miré... cuando se mordió el labio de esa manera... Sentí algo aquí, Fabia —se tocó el pecho—. Algo que nunca había sentido. Me estás mintiendo. Sé que me estás mintiendo. Ese niño...
—Ese niño es un Vance —lo interrumpió ella con una voz cortante, recuperando a la fuerza su control empresarial—. Y si vuelves a acercarte a él, cancelo el fondo de inversión antes del amanecer y dejo que los Sterling compren los restos de tu imperio por un dólar. No me pruebes, Damián. Sabes perfectamente que soy capaz de hacerlo.
Fabia entró a su suite de espaldas, sosteniendo al niño con fuerza, y azotó la puerta en la cara de Damián. El sonido del cerrojo electrónico selló la habitación.
Damián se quedó solo en el pasillo. Miró el vaso vacío en el suelo. Su mente era un caos. La prueba de ADN decía que no era su hijo, pero su corazón, su sangre, su instinto de Alfa le gritaban que esa mujer le estaba ocultando el secreto más grande de su vida.
—Voy a descubrirlo —murmuró Damián, con una determinación inquebrantable—. Aunque tenga que quemar este hotel para encontrar la verdad.