Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 24: La guillotina financiera

A las nueve de la mañana del día siguiente, la atmósfera en el piso ejecutivo de la Corporación Roth era de puro terror. Fabia no había dormido un solo segundo tras el incidente del pasillo. Había canalizado todo su miedo y su rabia en un solo objetivo: destruir el entorno de Damián para que no tuviera tiempo de pensar en el niño.

Llegó a la corporación vistiendo un traje sastre gris Oxford, con líneas delgadas, que acentuaba su silueta implacable. Leo caminaba detrás de ella con tres carpetas de cuero llenas de documentos sellados.

Entró a la sala de juntas principal sin tocar. Damián ya estaba allí, sentado en la cabecera, tomando un café negro cargado. Tenía ojeras marcadas y un aspecto cansado, pero al verla entrar, su mirada se encendió como el carbón al recibir oxígeno.

—Buenos días, señora Vance —dijo Damián, reclinándose en su silla—. Veo que viene lista para trabajar.

—Vengo a limpiar la basura, señor Roth —Fabia arrojó la primera carpeta sobre la mesa con un golpe seco—. Según la cláusula de auditoría preferencial que firmamos hace dos días, Vance Global tiene el derecho de reestructurar el personal directivo si los márgenes de ganancia caen por debajo del 5%. Aquí está la lista de los despidos inmediatos.

Damián tomó la carpeta y la abrió. Sus cejas se levantaron al leer los nombres.

—¿Estás despidiendo al director de finanzas, al jefe de operaciones y a todo el comité de marketing? —Damián la miró, sorprendido—. Ellos han estado con mi familia durante diez años.

—Y durante diez años han estado desviando fondos para cubrir los caprichos de su madre, señor Roth —respondió Fabia, sentándose frente a él y cruzando las piernas—. El director de finanzas aprobó un bono de dos millones de dólares para la fundación de Victoria Roth la semana pasada, justo cuando el hotel de Miami no tenía para pagar la nómina de los empleados. Eso no es lealtad, es complicidad. A partir de este momento, quedan fuera del edificio. La seguridad ya está escoltándolos a la salida.

Damián apretó los dientes. Sabía que ella tenía razón en los números, pero la velocidad y la frialdad con la que estaba descabezando su imperio lo dejaban sin aliento.

—¿Y quién va a manejar la transición? —preguntó Damián—. Dejar la división hotelera sin directores en medio de una crisis es un suicidio.

Fabia sonrió de lado, una sonrisa que a Damián le pareció la cosa más hermosa y peligrosa del mundo.

—Usted y yo, señor Roth —dijo ella, inclinándose hacia adelante—. Como socios principales, asumiremos las funciones operativas durante los próximos quince días. Eso significa que pasará las próximas dos semanas encerrado en esta oficina conmigo, revisando cada factura, cada contrato y cada centavo que entra y sale de esta empresa. Espero que tenga buena resistencia, porque no pienso dejarlo ir a casa hasta que las cuentas cuadren a la perfección.

Damián la miró fijamente. Entendió el juego de inmediato. Ella quería mantenerlo ocupado, asfixiado por el trabajo, cansado, para que no tuviera tiempo de investigar lo que pasó la noche anterior en el pasillo. Quería tenerlo bajo su control, donde pudiera vigilar cada uno de sus movimientos.

—Me parece perfecto, señora Vance —dijo Damián, mostrando una sonrisa desafiante que hizo que a Fabia se le tensara la mandíbula—. De hecho, me encanta la idea de pasar quince días enteros a solas contigo en esta oficina. Empecemos de una vez.




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