Para el mediodía, la sala de juntas se había convertido en un campo de batalla de papel y datos. Los asesores y secretarios habían sido desalojados; Fabia había exigido total confidencialidad, por lo que solo quedaban ellos dos en la enorme habitación de paredes de cristal.
Damián se había quitado la corbata y la chaqueta, y tenía los primeros botones de su camisa abiertos. Fabia se había quitado los zapatos de tacón y trabajaba descalza sobre la alfombra, con carpetas esparcidas a su alrededor en el suelo.
—El hotel de las Bahamas está perdiendo un 12% en compras de suministros —dijo Fabia, con la voz un poco ronca por el cansancio, sin levantar la vista de una tableta—. El proveedor de alimentos tiene un sobreprecio enorme. Hay que rescindir ese contrato mañana mismo.
—No podemos —respondió Damián, estirando las piernas desde su silla—. El dueño de esa proveedora es el primo del primer ministro de las Bahamas. Si cancelamos el contrato, nos revocan la licencia de casino del hotel el próximo mes. A veces los negocios no son solo matemáticas, Fabia. Son política.
Fabia levantó la vista, encontrándose con la mirada intensa de Damián. Ella suspiró, frustrada porque él tenía razón en ese punto técnico. Se pasó una mano por el cabello, un gesto de cansancio que la hizo lucir extrañamente vulnerable por un segundo.
—Odio que tengas razón en eso —murmuró ella.
—Extrañaba esto —dijo Damián de repente, con la voz volviéndose más baja y profunda.
Fabia se tensó, poniéndose a la defensiva de inmediato.
—¿Extrañar qué? ¿Revisar balances financieros?
—No. Extrañaba escucharte hablar sin la máscara de hielo —Damián se levantó de su silla, caminó lentamente alrededor de la mesa y se sentó en el suelo, justo al lado de ella, rompiendo toda distancia profesional—. Extrañaba la forma en que frunces el ceño cuando estás enojada. Hace cinco años, hacías exactamente ese mismo gesto cuando te ayudaba a estudiar para tus exámenes de la universidad en mi apartamento.
—No hables del pasado, Damián —Fabia intentó recoger sus papeles para ponerse de pie, pero Damián extendió su mano y la tomó de la muñeca. Su agarre no era doloroso, pero era firme, lleno de una calidez que quemaba su piel.
—¿Por qué no, Fabia? ¿Por qué me odias tanto si en el fondo sigues sintiendo lo mismo que yo? —Damián se inclinó hacia ella. Su aliento rozaba su mejilla—. Anoche, en el baño de la gala... me respondiste el beso. Tu cuerpo te delató. Puedes comprar todas las acciones que quieras, puedes despedir a mis directores, pero no puedes cambiar el hecho de que cuando estoy cerca... tiemblas.
Fabia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Estaba acorralada, no por los números, sino por la brutal presencia del hombre al que había amado con locura. Su muñeca ardía bajo sus dedos. Podía ver la pequeña cicatriz en el labio de Damián, el aroma a hombre y masculinidad que la embriagaba.
—Te odio porque me destruiste, Damián —dijo ella con la voz quebrada, dejando salir una astilla del dolor real que llevaba guardado—. Dejaste que tu madre me arrastrara por el fango. No me creíste. Me echaste a la calle bajo la lluvia como si fuera una criminal, sin importarte si tenía a dónde ir o si tenía hambre. Me rompiste el corazón en mil pedazos. ¿Y ahora vienes a decirme que extrañas mi forma de fruncir el ceño? Eres un cínico.
Damián sintió que las palabras de ella le perforaban el pecho como cuchillos. Ver el dolor real en sus ojos grises le dolió más que cualquier amenaza financiera. La soltó de la muñeca, pero en lugar de alejarse, levantó la mano y, con una delicadeza infinita, le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.
—Sé que fui un imbécil, Fabia —dijo Damián con una sinceridad que la dejó desarmada por un segundo—. Fui un maldito cínico orgulloso. Cuando descubrí la verdad semanas después, cuando supe que mi madre había escondido las esmeraldas... me volví loco buscándote. Contraté a los mejores investigadores del país. Te busqué en cada rincón de este estado, en los hospitales, en las estaciones de tren. Pensé que te habías muerto, o que te había pasado algo terrible. He vivido con esa culpa durante cinco años, Fabia. Cada noche que paso en vela es por tu recuerdo.
Fabia cerró los ojos, sintiendo el contacto de sus dedos en su piel. Era una tortura deliciosa. Quería creerle, una parte de ella quería llorar en su pecho y decirle que el hijo que tanto buscaba estaba durmiendo en el hotel de enfrente. Pero la desconfianza era un muro demasiado alto.
—Es muy tarde para pedir perdón, Damián —dijo ella, abriendo los ojos, que ahora volvían a ser de piedra. Se apartó de su toque y se puso de pie—. Las disculpas no borran el pasado. Tu culpa es tu problema, no el mío. Regresemos al trabajo. El hotel de Chicago necesita una revisión de presupuesto.
Damián se levantó del suelo, acomodándose la camisa, mirándola con una mezcla de dolor y una adoración peligrosa.
—No me voy a rendir, Fabia —prometió Damián con voz firme—. Tienes quince días para tenerme encerrado en esta oficina. Quince días donde voy a hacer hasta lo imposible para que vuelvas a mirarme como el hombre al que amabas, y no como al monstruo que odias. Y respecto a tu hijo... sigo sin creer en ese papel del laboratorio. Algo me dice que esa vieja me volvió a mentir.
Fabia sintió un vuelco en el estómago, pero no demostró nada. Tomó una nueva carpeta y se la extendió.