El reloj de la pared de la sala de juntas marcaba las once de la noche. Afuera, la ciudad de Boston había desaparecido por completo, devorada por una de las peores tormentas de nieve del año. El viento aullaba con violencia contra los enormes cristales reforzados del rascacielos, haciendo que la estructura emitiera un crujido sutil y casi fantasmal.
Fabia se frotó las sienes. Llevaba más de catorce horas consecutivas cruzando datos de la filial de Chicago con Damián. El espacio entre ellos se había llenado de tazas de café vacías, planos de remodelación y una tensión estática que hacía que el aire se sintiera pesado, casi eléctrico. Cada vez que sus manos se rozaban al pasarse un documento, ambos apartaban la mirada de inmediato, pero el ritmo de sus respiraciones los delataba.
De repente, el teléfono personal de Fabia —el que solo tenían Leo y la niñera— vibró sobre la mesa de caoba.
Fabia lo tomó al primer timbre. Al ver el nombre de la niñera en la pantalla, un presentimiento helado le atenazó el estómago.
—¿Martha? ¿Qué pasa? —preguntó Fabia, dándole la espalda a Damián de forma instintiva.
—Señora Vance... es el niño —la voz de la mujer sonaba angustiada y se escuchaba el llanto débil de Leo Jr. de fondo—. Empezó a temblar hace una hora. Tiene una fiebre de 40 grados que no baja con los medicamentos. El médico del hotel dice que los caminos están bloqueados por la nieve y la ambulancia no puede llegar hasta el piso ejecutivo debido a los cortes de energía en los elevadores de servicio externos. Necesitamos llevarlo a la clínica del primer piso, pero el niño no deja de vomitar y está delirando.
A Fabia se le cayó la tableta de las manos, impactando contra la alfombra. El rostro se le quedó de un color blanco papel. Su hijo. Su pequeño Leo Jr. estaba ardiendo en fiebre al otro lado de la calle y ella estaba atrapada en un búnker de cristal.
—Voy para allá. No lo dejes solo, Martha. Usa compresas frías, voy ahora mismo —dijo Fabia con la voz quebrada, el pánico de una madre anulando por completo a la fría ejecutiva.
Cortó la llamada y corrió hacia la puerta, pero al intentar abrirla, la cerradura electrónica emitió un pitido rojo. Los sistemas del edificio se habían bloqueado automáticamente debido a la tormenta exterior para evitar accidentes en los pasillos de ventilación.
—¡Abre esta maldita puerta, Damián! —gritó Fabia, girándose hacia él con los ojos llenos de lágrimas desesperadas—. ¡Tengo que salir de aquí! ¡Mi hijo me necesita!
Damián se levantó de la silla de un salto. Nunca la había visto así. Ni siquiera cuando la echó de la mansión había visto ese nivel de terror puro en sus ojos.
—Fabia, tranquilízate. El edificio está bajo bloqueo de seguridad por el viento. Los ascensores comunes están apagados —Damián se acercó a ella, tomándola suavemente por los hombros, pero ella intentó zafarse a base de golpes.
—¡No me importa tu maldito bloqueo! —sollozó ella, golpeándole el pecho con frustración—. ¡Mi hijo tiene 40 de fiebre, está delirando! ¡Déjame ir con él, Damián, te lo suplico! Si algo le pasa... me muero.
Verla romperse de esa manera terminó de destruir las defensas de Damián. No le importaba el examen de ADN, no le importaba la empresa. Verla sufrir le desgarraba el alma.
—Escúchame —dijo Damián, ahuecando su rostro con las manos, obligándola a mirarlo a los ojos—. Hay un ascensor de mantenimiento manual que se conecta directamente con el túnel que cruza al hotel. Yo tengo la llave física. Vamos a ir juntos. Yo te voy a llevar con él.
Fabia asintió con un hilo de voz, aferrándose a las solapas de la camisa de Damián como si fuera su único salvavidas en medio del océano.