La oscuridad en la caja de la escalera de emergencia era absoluta, rota únicamente por el parpadeo intermitente de los focos rojos de seguridad. El viento exterior golpeaba los muros de concreto del rascacielos con una furia sorda que hacía que el descenso al sótano se sintiera como una bajada a los infiernos.
Fabia bajaba los escalones a tropiezos, con la respiración entrecortada. Tenía los pies descalzos y el frío del cemento congelado le calaba los huesos, pero el dolor físico no era nada comparado con el pánico que le devoraba el pecho. La llamada de la niñera Martha seguía repitiéndose en su mente como una campana de ejecución: Cuarenta grados de fiebre... está delirando...
—¡Fabia, cuidado! —la voz de Damián resonó con la fuerza de un Alfa en la penumbra.
Su pie se deslizó en el último escalón húmedo del sótano tres y estuvo a punto de caer, pero los brazos de Damián la atraparon antes de que tocara el suelo. Él la estrechó contra su torso firme, transmitiéndole un calor que la hizo estremecer en medio del temblor de su cuerpo. Al ver sus pies desnudos y enrojecidos por el frío, Damián maldijo entre dientes.
Sin pedirle permiso, se inclinó, pasó un brazo por debajo de sus rodillas y la levantó en vilo, cargándola contra su pecho con una facilidad pasmosa.
—¡Suéltame, Damián! ¡Puedo caminar sola! —protestó ella con la voz quebrada por el llanto, intentando empujarlo, pero él no cedió un solo milímetro en su agarre.
—No vas a caminar descalza sobre el concreto helado de los túneles, Fabia. No me importa cuánto me odies, esta noche no voy a dejar que te rompas —sentenció él, avanzando a zancadas largas por el pasadizo subterráneo que cruzaba por debajo de la avenida principal.
El túnel era un pasillo largo, húmedo y estrecho, iluminado solo por la luz de la linterna del teléfono de Damián. El eco de sus pasos resonaba con una fuerza fantasmal. Fabia, exhausta de luchar contra el pánico y contra la arrolladora presencia del hombre, terminó por apoyar la frente en el hueco de su cuello. Inhaló su aroma a tabaco, café y masculinidad, sintiendo una dolorosa punzada de nostalgia. Hacía cinco años, cuando tenía miedo de las tormentas, ese mismo pecho era su único refugio seguro.
—Si algo le pasa a mi hijo... —susurró ella contra su piel, las lágrimas mojando el cuello de la camisa blanca de Damián.
—No le va a pasar nada, te lo prometo —respondió Damián, apretándola con más fuerza contra sí, su voz cargada de una determinación tan cruda que la hizo guardar silencio—. El médico ya debe estar allí. Llegaremos a tiempo, Fabia. Aunque tenga que derribar las paredes de este maldito hotel.
Cruzaron la última compuerta de hierro del túnel. Damián la dejó en el suelo justo frente al ascensor privado de la zona VIP del hotel, pero no se alejó. La mantuvo acorralada contra la pared metálica mientras esperaban que las puertas se abrieran, mirándola con unos ojos grises que destellaban una promesa inquebrantable de protección. Fabia se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, colocándose nuevamente la máscara de hielo. El túnel había terminado, y al abrirse las puertas del ascensor, la ejecutiva implacable regresó, pero la marca del calor de los brazos de Damián ya se había quedado grabada en su cuerpo.