Damián sacó una llave de alta seguridad de la caja fuerte de la oficina y guio a Fabia por las escaleras de servicio hasta el sótano tres del rascacielos. El lugar estaba iluminado solo por las luces rojas de emergencia, dándole un aspecto lúgubre y claustrofóbico. El frío del invierno se filtraba por las paredes de concreto.
Fabia corría descalza, habiendo olvidado sus zapatos en la sala de juntas, pero no sentía el suelo congelado. Su mente solo repetía una y otra vez la imagen de su hijo enfermo.
Llegaron a una pesada puerta de hierro que conectaba el túnel subterráneo entre la corporación y el hotel Roth Executive. Damián introdujo la llave, girándola con fuerza hasta que el mecanismo cedió con un crujido metálico. Cruzaron el pasadizo a toda velocidad, escuchando el rugido de la tormenta en las rejillas de ventilación superiores.
Cuando finalmente subieron por el ascensor privado del hotel y entraron a la suite presidencial de Fabia, la escena era desgarradora.
La niñera estaba en el baño, tratando de refrescar al pequeño Leo Jr., que estaba envuelto en una toalla mojada. El niño tenía las mejillas encendidas por el calor, los labios partidos y respiraba con dificultad, emitiendo pequeños quejidos.
—¡Mi amor! —Fabia se dejó caer de rodillas junto a la tina, tomando la manita ardiente de su hijo—. Mami está aquí. Ya estoy aquí, mi vida.
—Mami... quema... me duele —susurró el niño sin abrir los ojos, delirando por el impacto de la temperatura.
Damián entró al baño justo detrás de ella. Al ver al niño en ese estado, sintió una punzada violenta en el centro del pecho, un dolor tan agudo y físico que lo obligó a tensar la mandíbula. Se arrodilló al lado de Fabia, ignorando por completo el hecho de que su costoso pantalón se empapaba con el agua del suelo.
—Llamé al médico residente del hotel, viene subiendo por las escaleras con un kit de suero —dijo Damián, con una voz firme que trajo un destello de orden al caos del baño—. Martha, traiga más hielo de la cocina. Fabia, ayúdame a levantarlo. Hay que mantenerlo erguido para que respire mejor.
Fabia, demasiado asustada para pelear, dejó que Damián tomara el control. Él metió sus poderosos brazos bajo el pequeño cuerpo del niño y lo levantó con una delicadeza infinita, sentándose en el suelo del baño y apoyando la espalda del pequeño contra su torso.
En ese momento, la toalla que envolvía al niño se deslizó un poco, dejando al descubierto su hombro izquierdo y la parte superior de su espalda.
Damián se quedó completamente congelado. Sus ojos grises se abrieron desmesuradamente y la respiración se le atoró en la garganta.
En la base del cuello del niño, justo sobre la escápula izquierda, había una marca de nacimiento perfecta, de color marrón claro, con la forma exacta de una pequeña luna creciente.
Una marca idéntica a la que Damián Roth tenía en ese mismo lugar exacto de su propio cuerpo. Una marca genética extraña que su padre y su abuelo también habían tenido. El rasgo innegable de los varones de la dinastía Roth.
Damián miró la marca de la luna, luego miró el rostro encendido del niño y finalmente desvió su mirada hacia Fabia. Sus ojos reflejaban una mezcla de asombro, dolor y una revelación tan grande que hizo que sus manos temblaran sobre el cuerpo del pequeño.
—El examen de ADN... era falso —susurró Damián, con la voz rota, la comprensión cayendo sobre él como un mazo—. Mi madre... mi madre alteró los resultados. Este niño... Fabia, este niño tiene mi marca. Es mi hijo.