Fabia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Miró a Damián, vio la fijeza de su mirada en la marca de nacimiento y supo que la última línea de defensa de su secreto había sido destruida. Ya no había abogados, ni fondos de inversión, ni millones que pudieran ocultar la verdad.
—Sí —dijo Fabia, y las lágrimas rodaron sin freno por sus mejillas, pero esta vez no eran solo de pánico, sino de una verdad que llevaba cinco años ahogándola—. Sí, Damián. Es tu hijo. Es el bebé que llevaba en el vientre la noche que me echaste a la calle bajo la lluvia. El hijo que tuve que parir sola en un hospital público de Londres mientras tú celebrabas tus contratos millonarios. El hijo que casi muere de frío porque no tenía dinero para la calefacción el primer invierno. Es un Roth... aunque me duela el alma admitirlo.
Damián sintió que un abismo de culpa y dolor se abría bajo sus pies. Apretó al niño contra su pecho con un instinto de protección animal, escondiendo el rostro en el cabello húmedo de su hijo mientras sus propios hombros temblaban. Había pasado cinco años viviendo una mentira, creyendo que Fabia lo había traicionado, cuando en realidad él la había abandonado con la mitad de su propia vida dentro.
—Peróname... Dios mío, peróname, Fabia —dijo Damián con la voz ahogada por el llanto, el arrogante CEO completamente destruido en el suelo del baño—. No lo sabía... juro que no lo sabía. Si hubiera sabido...
—¡Pero debiste creerme! —le gritó ella, con la voz rota por el eco de cinco años de sufrimiento—. ¡Debiste escucharme cuando te supliqué que no me echaras! Pero preferiste el orgullo de tu apellido y las mentiras de tu madre. Tu perdón no me devuelve las noches de hambre, Damián. Tu perdón no borra el miedo que pasé al ver que mi hijo no respiraba bien cuando nació. Regresé para destruirte por esto. Para que sientas una fracción del dolor que yo sentí.
En ese momento de máxima tensión, la puerta del baño se abrió y entró el médico del hotel con su maletín, seguido por Leo, quien acababa de llegar al piso tras enterarse de la emergencia.
El médico reaccionó de inmediato al ver la situación.
—Colóquelo en la cama, señor Roth. Necesito canalizarlo para bajar la fiebre de inmediato —ordenó el doctor.
Damián se levantó, cargando al niño con una firmeza que demostraba que no pensaba soltarlo nunca más. Lo llevó a la habitación principal y lo recostó con cuidado sobre las sábanas de seda. Fabia se sentó al otro lado de la cama, tomando la otra mano del niño, mientras el médico comenzaba a trabajar en la vía intravenosa.
Damián no se alejó. Se quedó de pie al pie de la cama, con los ojos fijos en el niño y en Fabia, sintiendo que su vida entera acababa de cambiar de rumbo en un solo segundo. La guerra empresarial ya no le importaba. La venganza de Fabia ya no era algo de lo que quisiera defenderse; era una deuda que estaba dispuesto a pagar con su propia sangre.