Damián Roth salió de la habitación principal de la suite con las manos cubiertas de la sangre que se había secado tras limpiarle la frente al niño. Caminó hacia la estancia principal, donde los ventanales mostraban la tormenta de nieve que seguía azotando la ciudad, y se apoyó contra el cristal con la frente apoyada en la superficie helada.
El monitor médico emitía un pitido constante desde la habitación contigua. Cada pulsación se clavaba en su cerebro como un clavo ardiente.
«Es tu hijo... el bebé que llevaba en el vientre la noche que me echaste a la calle», las palabras de Fabia le habían destrozado el pecho con la fuerza de una demolición.
Dejó escapar un sollozo sordo, un sonido ronco que nunca antes había salido de su garganta. El gran Damián Roth, el hombre que manejaba millones con la frialdad de una máquina, estaba completamente quebrado, destruido por el peso de su propia estupidez. Durante cinco años se había convencido de que Fabia era la culpable, de que ella se había marchado con la fortuna que su madre la acusó de robar. Había alimentado su propio orgullo de Alfa herido para no enfrentarse a la realidad de que la había abandonado.
Y todo había sido una mentira. Una trampa de la mujer que le había dado la vida.
Miró sus manos. Estas mismas manos habían firmado la orden de expulsión de la mujer que amaba. Con estas mismas manos había dejado que su propio hijo, la continuación de su sangre, pasara frío, hambre y miseria en los suburbios de Europa. El remordimiento mutó rápidamente en una furia negra, un veneno que le encendió las venas de una forma tan violenta que tuvo que morderse el labio hasta que el sabor metálico de la sangre inundó su boca.
Leo, el secretario de Fabia, entró a la estancia portando una taza de café caliente. Miró a Damián con una mezcla de respeto y una hostilidad contenida.
—Señor Roth, el médico dice que la vía intravenosa ya está estabilizada —dijo Leo, dejando la taza en la barra—. Debería lavarse la herida de la sien. Está sangrando de nuevo.
Damián se giró lentamente, mirando al joven que había sido el verdadero soporte de su familia durante sus años de ausencia.
—Tú lo sabías, ¿verdad? —preguntó Damián con la voz rota, rasposa—. Sabías que era mi hijo desde el primer día que me viste en el aeropuerto.
Leo sostuvo la mirada gris del CEO sin pestañear.
—Lo sabía, señor Roth. Pero mi lealtad es con Fabia, no con usted. Vi las cicatrices que su apellido le dejó en el alma. Vi las noches que pasó llorando con el niño en brazos en un apartamento sin calefacción en Londres mientras su nombre salía en las secciones de finanzas de Nueva York. Si por mí fuera, usted nunca habría sabido de la existencia de ese niño. Pero la sangre llama a la sangre, y el destino parece divertirse con nosotros.
Damián apretó los puños, pero no atacó. Sabía que cada palabra del secretario era una verdad absoluta que se merecía escuchar.
—Gracias —consiguió decir Damián, y la palabra se sintió pesada en su boca—. Gracias por cuidarlos cuando yo no estuve. Pero a partir de mañana... yo me encargo de mi familia. Y mi madre va a descubrir lo que pasa cuando tocas lo único puro que me queda en este mundo.
Leo asintió en silencio y se retiró hacia la habitación. Damián se volvió hacia el cristal, mirando la silueta de su propio reflejo. El lobo de los Roth había despertado de su letargo de cinco años, y esta vez, la cacería no era para destruir a Fabia; era para desmantelar el mundo de mentiras que su madre había construido, aunque tuviera que prenderle fuego a su propio apellido para lograrlo.