Dos horas más tarde, el milagro del suero y los antibióticos intravenosos hizo su efecto. La fiebre de Leo Jr. bajó a 37.5 grados y el niño finalmente cayó en un sueño profundo y reparador, con el color normal regresando a sus mejillas.
El médico recogió sus cosas y salió de la habitación, asegurando que el peligro había pasado pero que el menor debía descansar durante las próximas 24 horas.
Fabia se quedó sentada en el borde de la cama, acariciando la frente de su hijo, exhausta física y emocionalmente. Damián caminó lentamente hacia ella y se detuvo al otro lado del colchón. La luz de la lámpara de noche iluminaba la silueta de ambos, los dos padres unidos por el mismo lazo que intentaron negar.
—¿Cómo se llama? —preguntó Damián en un susurro, mirando al pequeño.
—Se llama Leo —respondió Fabia sin mirarlo—. En honor a la única persona que me tendió la mano cuando tu familia me arrojó a la basura.
Damián apretó los puños, sintiendo una mezcla de gratitud hacia el secretario y un odio profundo hacia sí mismo y hacia su madre. Se inclinó sobre la cama, mirando a Fabia con una seriedad que la obligó a levantar la vista.
—Tienes todo el derecho de odiarme, Fabia —dijo Damián, y su voz ya no tenía rastro de la antigua arrogancia; era la voz de un hombre que había encontrado su propósito—. Tienes el derecho de quitarme la empresa, de dejarme en la calle si quieres. No me voy a defender de ti. Me voy a entregar a tu venganza si eso es lo que necesitas para sanar. Pero te juro algo... —se inclinó más, conectando sus ojos grises con los de ella—. De mi hijo no me voy a alejar. Voy a ganarme el derecho de ser su padre, aunque tenga que arrastrarme por el fango todos los días de mi vida. Y mi madre... mi madre va a pagar por la prueba falsa del laboratorio antes de que termine la semana.
Fabia lo miró, buscando la mentira o el truco en sus facciones, pero solo encontró una devoción desesperada y peligrosa. El lobo de la Corporación Roth había sido domesticado, no por sus millones, sino por el eco de su propia sangre.
—Inténtalo, Damián —desafió Fabia en un susurro, aunque su corazón dio un vuelco involuntario—. Pero recuerda que yo ya no soy la chica que se conformaba con migajas de amor. Si quieres entrar en la vida de mi hijo, vas a tener que demostrarme que eres capaz de destruir tu propio imperio por él.
Damián sonrió de lado, una sonrisa cansada pero cargada de una promesa inquebrantable.
—Mira cómo lo hago, señora Vance. Mañana empieza el verdadero juego.