Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 33: La ejecución de Victoria

A las ocho de la mañana, la tormenta de nieve había amainado, dejando la ciudad sepultada bajo un manto blanco y un sol frío que hacía brillar el hielo. En el piso ejecutivo de la Corporación Roth, el ambiente no era frío, era ártico.

Victoria Roth entró a la oficina de su hijo con su habitual elegancia, sosteniendo un bolso de piel de cocodrilo y una sonrisa de satisfacción. Pensaba que Damián ya se habría mudado de regreso a la mansión tras ver el supuesto "0.00%" de compatibilidad del niño.

—Damián, querido, qué bueno que regresaste a la oficina —dijo Victoria, acercándose al escritorio—. Tenemos que hablar de cómo presionar a la señora Vance para que reduzca ese maldito 45% de acciones ahora que sabemos que no tiene nada contra nosotros...

Victoria se detuvo en seco.

Damián estaba de pie junto al gran ventanal, de espaldas a ella. No vestía su esmoquin de la noche anterior, sino un traje negro mate y una camisa del mismo color, sin corbata. Parecía un juez de la Santa Inquisición. Cuando se giró lentamente, Victoria dio un paso atrás, asustada por la fijeza y la oscuridad en los ojos de su hijo.

Sobre el escritorio de cristal no había informes de hoteles. Había una orden de comparecencia judicial, una carpeta de la fiscalía del estado y una copia del verdadero historial médico del laboratorio St. Jude.

—¿Qué... qué es esto, Damián? —preguntó Victoria, con la voz temblando sutilmente.

—Es el fin de tu juego, madre —la voz de Damián era un susurro gélido que calaba más que el viento del exterior—. Anoche el niño se enfermó. Fui a su suite. Vi su marca de nacimiento. La luna creciente en el hombro izquierdo. La misma que yo tengo, la que tenía papá. La marca de los Roth.

Victoria sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Sus manos empezaron a temblar sobre su bolso.

—Damián... la ciencia... el laboratorio...

—¡El laboratorio fue intervenido por Fabia antes de que tus hombres pusieran las manos encima! —rugió Damián, dando un golpe en el escritorio que hizo que la taza de café saltara en pedazos—. ¡Le diste al técnico un cepillo que ella misma cambió! Pero eso no es lo peor, madre. Lo peor es que anoche mandé a mi propia seguridad a revisar los servidores del laboratorio central. Encontré el registro de hace cinco años. El examen de sangre que le hiciste a Fabia antes de echarla. Ella ya estaba embarazada, y el reporte original decía que el hijo era mío. ¡Tú lo sabías! ¡Sabías que llevaba a mi hijo y aun así la arrojaste a la calle!

—¡Era una muerta de hambre! —chilló Victoria, perdiendo los papeles, con el rostro desfigurado por la rabia de verse descubierta—. ¡Iba a arruinar el linaje de la familia! ¡Necesitabas una mujer de tu estatus, como Camila, no una huérfana recogida que trabajaba en el archivo! ¡Lo hice por ti, Damián! ¡Por el apellido!

—¡Has destruido mi vida! —le gritó Damián, con lágrimas de rabia contenida en los ojos—. Dejé ir a la única mujer que he amado por tus malditas mentiras. Dejé que mi hijo pasara hambre, frío y enfermedad en un país extraño mientras yo vivía en la opulencia. No hay perdón para lo que hiciste, Victoria. Ninguno.

Damián empujó la carpeta de la fiscalía hacia ella.

—¿Qué es esto? —preguntó la anciana, mirando el documento con horror.

—Es una denuncia penal formal firmada por mí, como CEO de la corporación —sentenció Damián, apoyando las manos en la mesa—. Auditoría interna descubrió los desvíos de fondos que hiciste de la división hotelera hacia tus cuentas personales en las Bahamas durante los últimos cuatro años. Ascienden a quince millones de dólares. Fraude fiscal, lavado de dinero y malversación de fondos corporativos.

—¡Soy tu madre! ¡No puedes meterme a la cárcel!

—Ya no tengo madre —respondió Damián, dándole la espalda—. La policía del estado está abajo, en el vestíbulo, esperando que bajes. Tienes dos opciones: firmas la transferencia inmediata de todas tus acciones personales a nombre de mi hijo, Leo Roth Vance, y aceptas una orden de exilio permanente a nuestra propiedad de Suiza, de donde no podrás salir jamás, o dejas que los oficiales te saquen de este edificio esposada frente a los canales de televisión locales que ya están afuera.

Victoria Roth se tambaleó, sosteniéndose de una silla para no caer. Miró a su hijo, buscando un destello de piedad, pero solo encontró la misma rigidez implacable que ella misma le había enseñado a tener. El monstruo que ella había creado la estaba devorando.

Con las manos temblando como hojas, Victoria tomó la pluma de oro del escritorio y firmó el documento de transferencia de acciones, entregándole su imperio al hijo de la mujer que tanto había odiado.

—Te vas hoy mismo a Suiza, Victoria —dijo Damián sin mirarla—. Si vuelves a pisar suelo americano, o si intentas acercarte a Fabia o a mi hijo... yo mismo me encargaré de que pases el resto de tus días en una prisión de máxima seguridad. Fuera de mi vista.

Victoria Roth, la mujer más poderosa de la alta sociedad de Boston, salió de la oficina arrastrando los pies, con el orgullo destruido y completamente sola, desterrada por su propio hijo.




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