El murmullo en los pasillos del piso ejecutivo de la Corporación Roth era ensordecedor. Aunque los empleados intentaban mantener la vista fija en sus monitores, las miradas se desviaban hacia los grandes ventanales que daban al vestíbulo. Dos camionetas negras de la policía del estado acababan de abandonar la propiedad escoltando el coche privado de Victoria Roth. El rumor del desvío de quince millones de dólares ya se había filtrado a las primeras mesas de redacción de los diarios financieros de Boston.
Damián entró a la antigua oficina de su madre. El espacio, decorado con muebles de estilo Luis XV, alfombras persas y retratos al óleo de la vieja aristocracia, olía al perfume de rosas que la matriarca había usado durante décadas.
—Señor Roth —anunció Leo, el secretario de Fabia, apareciendo en el umbral con una tableta corporativa—. Los abogados de la familia Sterling acaban de enviar la confirmación formal. Camila aceptó los términos de la ruptura sin derecho a réplica comercial. El departamento de relaciones públicas ya emitió el comunicado oficial. Para la prensa, el compromiso se canceló por incompatibilidad de agendas.
Damián no levantó la vista del escritorio de su madre. Con movimientos mecánicos, comenzó a meter en una caja de cartón los portarretratos de plata y los adornos personales de Victoria.
—¿Y las acciones? —preguntó Damián, con una voz despojada de cualquier emoción.
—El documento de transferencia del quince por ciento ya está ingresado en el registro mercantil. A partir de este momento, legalmente, su hijo Leo Roth Vance es el dueño de esa porción de la firma. Fabia ya fue notificada.
Damián se detuvo, sosteniendo una pesada pluma de oro entre sus dedos. Miró el gran sillón de piel donde su madre se había sentado a planear la destrucción de Fabia cinco años atrás.
—Quiero que desmonten esta oficina hoy mismo, Leo —ordenó Damián, entornando los ojos—. Cambien las cerraduras, quiten las alfombras y pinten las paredes. No quiero que quede un solo rastro de Victoria Roth en este edificio. Este lugar ahora pertenece a la nueva junta operativa.
—Entendido, señor. ¿Regresará al hotel?
Damián dejó la pluma en la caja y se ajustó las mangas de su camisa negra.
—Mi hijo me espera en la suite. La reestructuración de la empresa puede esperar hasta mañana, pero no voy a perder un solo minuto más de la vida de Leo.
Salió de la oficina con paso firme. Los directores que aún quedaban en el pasillo se apartaron a su paso, temblando ante la fría determinación del hombre que acababa de sacrificar a su propia madre por defender el honor de una huérfana recogida. El imperio de los Roth se estaba desmoronando en sus bases tradicionales, pero por primera vez en cinco años, Damián sentía que estaba construyendo algo real sobre las cenizas de su propio orgullo.