Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 35: El primer día de papá

En la suite presidencial del Roth Executive, el pequeño Leo Jr. abrió los ojos lentamente. La luz del sol entraba de forma suave por las cortinas entreabiertas. Se sentía mucho mejor; la fiebre se había ido y la debilidad del cuerpo estaba desapareciendo gracias a las vitaminas del suero.

Se giró hacia un lado y se frotó los ojos con sus pequeños puños. Esperaba ver a su madre o a su niñera Martha, pero en su lugar, se encontró con una figura imponente asentada en un sillón individual justo al lado de su cama.

Damián seguía vistiendo su traje negro. No se había quitado la chaqueta ni se había peinado, por lo que su cabello oscuro lucía un poco alborotado. Tenía los ojos fijos en el niño, con una mirada tan llena de asombro y timidez que parecía un hombre completamente diferente. En sus manos grandes, sostenía con torpeza al pequeño coche de metal rojo, "Rayo".

El niño se incorporó sobre las almohadas, mirando al hombre con curiosidad.

—Hola —susurró Leo Jr. con su vocecita aún un poco rasposa—. Eres el hombre del pasillo. El de la sombra.

A Damián se le hizo un nudo en la garganta. Escuchar la voz de su hijo, libre de la fiebre de la noche anterior, fue el sonido más hermoso que había escuchado en sus treinta y dos años de vida. Dejó el cochecito sobre la manta de la cama, cerca de las pequeñas manos del niño.

—Hola, campeón —dijo Damián, modulando su voz para no asustarlo—. Sí, soy el hombre del pasillo. Pero mi nombre es Damián. Vine a ver cómo te sentías. ¿Te duele algo?

El niño sacudió la cabeza, tomando el coche de carreras.

—Ya no quema. Mami me dio medicina.

—Mami es muy buena cuidándote, ¿verdad? —Damián se inclinó un poco hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas. Deseaba con desesperación estirar la mano y acariciar el cabello del niño, pero se contuvo; sabía que tenía que ganarse ese derecho paso a paso.

—Sí. Mami es una reina —dijo el niño con orgullo. Luego, miró fijamente la cara de Damián—. Tus ojos son grises como los míos. Y como los de la foto que mami tiene guardada en su caja de música.

Damián contuvo la respiración. ¿Fabia tenía una foto de él en su caja de música? ¿A pesar de todo el odio, ella se había quedado con su imagen para mostrársela a su hijo?

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió. Fabia entró cargando una bandeja con un tazón de caldo caliente y un vaso de jugo de manzana. Vestía una bata de seda blanca y tenía el cabello recogido en un moño alto desordenado. Al ver a Damián hablando con el niño, se detuvo, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.

—Mami, mira —dijo Leo Jr., mostrando el coche—. El hombre del pasillo me trajo a Rayo. Dice que se llama Damián. Y tiene mis ojos.

Fabia dejó la bandeja en la mesa de noche con movimientos mecánicos. Miró a Damián, notando el cansancio en su rostro, pero también una luz de redención que nunca antes había visto en él.

—Leo, mi amor, tómate el jugo —dijo Fabia, sentándose al borde de la cama y acomodándole la almohada al niño—. Tengo que hablar con... con Damián un momento afuera. Martha va a entrar a acompañarte.

—¿El hombre va a regresar? —preguntó el niño, mirando a Damián con una simpatía innata que a Fabia le dolió en el alma. La sangre llamaba a la sangre; el niño adoraba a su padre sin siquiera saber quién era.

Damián miró al niño, y una sonrisa sincera y brillante apareció en su rostro, borrando toda su frialdad de CEO.

—Voy a regresar siempre que tú quieras, Leo —le prometió Damián. Te lo juro.




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