La tarta de chocolate que la niñera Martha había preparado permanecía intacta en la barra de la cocina, pero el ambiente en la suite presidencial ya no se sentía asfixiante. Tras la salida de Fabia de la habitación del hospital, Damián se había trasladado de inmediato de regreso al hotel, negándose a separarse del piso donde su hijo jugaba.
Sentado con las piernas cruzadas sobre la alfombra de felpa blanca, el CEO de la corporación intentaba encajar las pistas de plástico de la pista eléctrica de carreras. Sus manos grandes, acostumbradas a firmar transacciones de millones de dólares, se movían con una torpeza casi cómica frente a la mirada atenta del niño.
—No, papá, esa pieza va del otro lado —dijo el pequeño Leo Jr., gateando hacia él y tomando el tramo azul con sus manos pequeñas—. Si la pones al revés, Rayo va a chocar contra la pared.
Damián sintió que el corazón se le expandía al escuchar la palabra "papá" salir de la boca del niño de forma natural. Miró las facciones del pequeño: el cabello oscuro y rebelde, la forma en que se concentraba analizando el juguete, morderse sutilmente el labio inferior... Era verse a sí mismo en el espejo del pasado.
—Tienes razón, campeón. El ingeniero de la pista eres tú —Damián sonrió, extendiendo una mano para acariciar el cabello suave de su hijo por primera vez, sintiendo una calidez que le borró el cansancio de las noches de insomnio.
Fabia observaba la escena desde el umbral de la cocina, sosteniendo una taza de té caliente entre sus manos. Ver a Damián Roth —el gigante de hielo que controlaba la alta sociedad de Boston— cubierto de polvo de alfombra, permitiendo que un niño de cuatro años le diera órdenes, le provocaba un conflicto interno brutal. El rencor que había cultivado con tanto esmero durante cinco años en Europa parecía una fortaleza de naipes frente a la risa clara de su hijo.
—Deberías descansar, Roth —dijo Fabia, rompiendo el silencio con su voz aterciopelada y grave. Se acercó a la mesa de centro, manteniendo una distancia segura de él—. Tienes ojeras que asustarían a tus inversores de Nueva York.
Damián levantó la vista, encontrándose con los ojos grises de ella.
—No tengo sueño, Fabia —respondió él en un susurro, asegurándose de que el niño siguiera concentrado en los cochecitos de metal—. He pasado cinco años durmiendo en camas de lujo con el alma vacía. Pasar una tarde en el suelo viendo respirar a mi hijo es el mejor descanso que he tenido en media década.
Fabia desvió la mirada, sintiendo que sus defensas flaqueaban ante la cruda sinceridad del hombre.
—No te ablandes conmigo, Damián —le advirtió en voz baja, cruzándose de brazos—. Que te deje estar con él no significa que haya olvidado el frío del asfalto de tu mansión. Vas a tener que esforzarte mucho más si quieres que borre el pasado.
—Lo sé —Damián se puso de pie lentamente, recuperando su imponente estatura corporativa, pero manteniendo la dulzura en su mirada—. Y estoy listo para ganarme cada centímetro de tu perdón, jefa. Aunque me tome el resto de mis días.