Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 37: Las condiciones del pacto

Fabia y Damián salieron a la estancia principal de la suite. Ella se cruzó de brazos, apoyándose en la barra de la cocina, tratando de mantener su distancia física y emocional de él.

—¿Qué haces aquí todavía, Damián? Pensé que estarías en la corporación celebrando que tu empresa no se hundió —dijo Fabia con voz fría, aunque sus ojos escaneaban el aspecto desvelado del hombre.

Damián sacó un documento doblado de su bolsillo interior y lo dejó sobre la barra de la cocina, empujándolo hacia ella.

—Victoria Roth está fuera de la empresa, fuera de la ciudad y fuera de este país —dijo Damián con total seriedad—. Firmó la transferencia del 15% de sus acciones personales. Están a nombre de nuestro hijo, Leo. Con eso, tú controlas el 45% de Vance Global, y Leo tiene el 15%. Juntos, ustedes dos tienen el 60% de la Corporación Roth. Eres la dueña absoluta de mi imperio, Fabia. Puedes despedirme a mí también si es lo que quieres.

Fabia miró el documento de transferencia. Se quedó atónita. No esperaba que Damián fuera tan lejos, tan rápido. Destruir a su propia madre y ceder el control mayoritario de su patrimonio familiar era un suicidio corporativo... o la mayor prueba de amor y arrepentimiento que un hombre como él podía dar.

—¿Por qué hiciste esto, Damián? —preguntó Fabia, con la voz perdiendo un poco de su rigidez—. Podrías haber peleado. Podrías haber usado tus abogados para defender a tu madre.

—Porque mi madre te robó la dignidad hace cinco años, y yo te robé el derecho de tener un hogar —Damián dio un paso hacia ella, sin invadir su espacio, pero mirándola con una intensidad que la hizo temblar por dentro—. No quiero el dinero si eso significa estar lejos de ti y de mi hijo. Te entregué mi imperio, Fabia. Ya no tengo nada con qué defenderme de ti. Ahora la pregunta es: ¿qué vas a hacer conmigo?

Fabia se quedó en silencio, mirando el papel y luego al hombre que tenía enfrente. El deseo de venganza que la había alimentado durante cinco años seguía ahí, pero ver a Damián desarmado, entregándole todo su poder y su orgullo por el bienestar de su hijo, estaba abriendo una grieta enorme en su armadura de hielo.

—No te voy a despedir, Roth —dijo Fabia, levantando la barbilla, recuperando su tono dominante—. Te necesito en la oficina para que sigas arreglando el desastre de Chicago. Pero pon las cosas en claro: el hecho de que seas el padre biológico de Leo no significa que seas mi hombre. Vas a tener que ganarte cada segundo con él. Y conmigo... conmigo vas a tener que aprender lo que significa sufrir por amor.

Damián esbozó una sonrisa lenta, esa sonrisa peligrosa que ahora estaba llena de una promesa de sumisión absoluta hacia ella.

—Estoy listo para sufrir todo lo que quieras, jefa —susurró Damián, dando un paso más, quedando a escasos centímetros de ella—. Mientras al final del día pueda ver esos ojos grises... aceptaré cualquier castigo que me impongas.

Fabia sintió que el corazón se le aceleraba de forma salvaje. La guerra empresarial había terminado con su victoria absoluta, pero la guerra del corazón apenas estaba comenzando, y sabía que Damián Roth estaba dispuesto a morir en su campo de batalla con tal de recuperarla.




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