El muelle 14 olía a salitre, brea y al combustible diesel de los cargueros que descansaban en la bahía de Boston. La lluvia de la madrugada repicaba con fuerza sobre las láminas de zinc del viejo almacén de contenedores propiedad de la firma Sterling. En el fondo de la estancia, sentada sobre una caja de madera de importación, Camila Sterling fumaba un cigarrillo largo, observando el parpadeo de las luces de la ciudad a lo lejos.
Frente a ella, dos hombres de espaldas anchas y manos cubiertas de cicatrices revisaban los planos impresos del hotel Roth Executive bajo la luz mortecina de una lámpara portátil.
—El piso de la suite presidencial tiene un ascensor de acceso restringido y dos guardias permanentes en el pasillo lateral —explicó el más alto de los mercenarios, señalando una línea roja con su dedo tosco.
—La seguridad común no me interesa —interrumpió Camila, arrojando la ceniza del cigarrillo al suelo con un desprecio aristocrático—. La vieja Victoria me dio los códigos de las cámaras de servicio externas y el horario exacto en que los hombres de Fabia Vance cambian de turno. Lo único que tienen que hacer es entrar por la puerta trasera de la suite mientras ella esté abajo en las conferencias. Damián estará solo con el mocoso.
El segundo hombre, un sujeto de mirada esquiva que sostenía un pañuelo de lona oscura entre sus dedos, sopesó un pequeño frasco de vidrio en su mano.
—El cloroformo actuará en tres segundos debido al peso del menor —comentó con voz ronca y monótona —. ¿Qué hacemos con el señor Roth si intenta cruzarse en el camino?
Camila apretó los dientes, sus facciones perfectas desfigurándose por un segundo bajo el reflejo de la locura y el despecho.
—Si Damián interviene, denle un golpe lo suficientemente fuerte como para que entienda que ya no maneja las reglas de esta ciudad. No me importa si sangra. Quiero que viva para ver cómo se desmorona su preciosa dinastía por haber preferido a esa recogida del archivo.
Los hombres guardaron los planos en una bolsa impermeable y se ajustaron las gorras oscuras sobre las frentes. El plan estaba sellado. Camila arrojó la colilla al agua sucia que se filtraba por las maderas del muelle, sintiendo una satisfacción fría correrle por las venas. Mañana, el pequeño heredero de los Roth sabría lo que significaba el verdadero veneno del desprecio, y Fabia Vance aprendería que los diamantes de su fondo financiero no podían comprar la vida de su bastardo.