Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 40: El cumpleaños de Leo

Dos semanas habían pasado desde la noche de la tormenta. Gracias a la reestructuración agresiva de Fabia y al trabajo incansable de Damián, la filial de Chicago y los hoteles de Miami habían recuperado la estabilidad financiera en tiempo récord. Las llamadas de pánico de los inversores habían cesado y las gráficas volvían a teñirse de un verde tranquilizador. Pero el verdadero cambio, el más profundo y devastador, no estaba en los números de los balances, sino en el piso ejecutivo del Roth Executive.

Damián había cumplido su palabra al pie de la letra, como si fuera un dictamen judicial ineludible. Cada tarde, a las cinco en punto, dejaba sus funciones de CEO, cerraba las carpetas de piel, se quitaba la corbata y cruzaba el pasillo alfombrado hacia la suite de Fabia. Al principio, ella lo recibía con la puerta apenas entornada, el cuerpo tenso y una mirada cargada de una desconfianza tan afilada como un vidrio roto. Sin embargo, la insistencia implacable del hombre y, sobre todo, la adoración instantánea que el pequeño Leo Jr. sentía por él, había terminado por ablandar el ambiente, desgastando las esquinas más duras de la fortaleza de Fabia.

Ese día, el niño cumplía cuatro años. Fabia había organizado una pequeña celebración privada en la estancia de la suite, un espacio íntimo decorado con globos de un azul brillante y una gran tarta de chocolate que Martha había horneado desde temprano, inundando el lugar con un aroma dulce y hogareño.

Toc, toc.

La madera de la puerta resonó con un ritmo suave pero firme. Antes de que Fabia pudiera dar dos pasos, el pomo giró. La puerta se abrió y Damián entró cargando una enorme caja envuelta en un papel metalizado tan brillante que casi cubría su imponente cuerpo por completo.

—¡Damián! —gritó el pequeño Leo Jr., soltando el camión de plástico con el que jugaba y corriendo hacia él con los brazos abiertos, sus pequeños zapatos de tenis golpeando con entusiasmo el suelo.

El niño ya no lo llamaba "el hombre de la sombra"; ahora lo llamaba "tío Damián". Fabia aún no se sentía lista para revelarle la verdad, para confesarle que ese gigante que lo miraba con ojos devotos era su padre biológico, el mismo que la había expulsado bajo la lluvia. Temía la confusión en la mente de su hijo, pero el lazo entre ambos era tan evidente y poderoso que negarlo resultaba ridículo. Llevaban los mismos gestos inscritos en los genes.

—¡Feliz cumpleaños, campeón! —Damián se agachó con la agilidad de un atleta, dejando la pesada caja en el suelo y cargando al niño en el aire con un solo movimiento limpio. Lo hizo girar en el espacio de la estancia mientras el pequeño reía a carcajadas, un sonido limpio que llenó cada rincón de la habitación.

Fabia observaba la escena desde la barra de la cocina, sosteniendo una copa de vino tinto con los dedos ligeramente tensos. Ver a Damián Roth, el hombre que una vez pareció un gigante de hielo inalcanzable, el líder despiadado de la alta sociedad de Boston, tirado en la alfombra minutos después, le causaba una opresión extraña y asfixiante en el pecho.

Damián se había quitado la chaqueta de esmoquin y se había remangado la camisa blanca, exponiendo sus brazos fuertes mientras ayudaba al niño a encajar las complejas piezas de una pista de carreras eléctrica gigante. Su cabello oscuro, usualmente peinado a la perfección, ahora estaba desordenado por las manos del pequeño. El odio que la había mantenido fuerte viva y enfocada durante cinco años de miseria en Europa se estaba evaporando como el vaho en un cristal, sustituido por una calidez familiar que la asustaba en lo más profundo de su ser.

—Le compraste el juguete más grande de la tienda, como siempre —dijo Fabia, acercándose a la alfombra con pasos lentos y dejando un vaso de jugo de manzana cerca de su hijo.

Damián detuvo el cochecito de metal que sostenía y levantó la vista. Sus ojos grises, despojados de cualquier rastro de la arrogancia corporativa, la miraron con una ternura tan cruda que la hizo desviar la vista hacia los globos.

—Se merece el mundo entero, Fabia —respondió él, poniéndose de pie con parsimonia y sacudiéndose el polvo invisible de los pantalones—. Sé perfectamente que no puedo recuperar los cinco años que me perdí por mi ceguera, pero voy a asegurarme de que, a partir de hoy, nunca más le falte una sonrisa. Ni a él, ni a ti.

Fabia tragó saliva, sintiendo que su armadura de hielo se agrietaba un poco más. Antes de que pudiera articular una respuesta que marcara la distancia necesaria, su teléfono móvil sonó desde la barra de la cocina, rompiendo la burbuja de intimidad.

Caminó hacia la barra y descolgó. Era la voz apresurada de Leo, su asistente de confianza.

Jefa, disculpe la interrupción en el cumpleaños, pero los inversores principales de Nueva York acaban de llegar al vestíbulo. Tienen los contratos de la división hotelera listos para la firma urgente. El vuelo de ellos sale en una hora y exigen su presencia en el piso de conferencias inmediatamente.

Fabia suspiró, frotándose la sien. Los negocios no daban tregua, ni siquiera en los días de tarta y globos.

—Bajo en dos minutos, Leo. Ten la sala de juntas lista —respondió, colgando la llamada.

Se giró hacia la estancia, mirándose de reojo en el espejo de la pared para arreglarse un mechón de cabello rebelde y alisar las líneas de su vestido.

—Tengo que bajar un momento al piso de conferencias —anunció Fabia, mirando a Damián con una fijeza analítica—. Es una firma urgente con la gente de Nueva York que no puede posponerse. Damián, quédate con él. Martha está en la cocina terminando de preparar los bocadillos de la tarde. No tardo más de veinte minutos, te lo aseguro.




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