Fabia entró a la suite con una sonrisa, sosteniendo los contratos firmados, lista para cantarle el cumpleaños a su hijo. Pero la escena que encontró al cruzar el umbral hizo que la carpeta de cuero se le resbalara de los dedos y el mundo entero se tiñera de una pesadilla cruda.
Damián estaba tirado en un charco de su propia sangre en el vestíbulo, intentando incorporarse con dificultad, apoyando una mano en la pared. En la estancia, la pista de carreras estaba encendida, emitiendo un zumbido vacío, y el coche rojo del niño estaba tirado a un lado. Martha estaba inconsciente cerca de la cocina.
—¡Leo! ¡¡Leo!! —el grito de Fabia desgarró el silencio de la suite. Corrió hacia la habitación del niño, hacia los baños, hacia los armarios. Vacío. Su hijo no estaba—. ¡Damián! ¿Dónde está mi hijo? ¡¿Qué le hiciste?! —Fabia se arrojó sobre Damián, tomándolo por las solapas, sacudiéndolo con una desesperación salvaje mientras las lágrimas le nublaban la vista.
Damián la tomó de las muñecas. Sus ojos grises, fijos en los de ella, reflejaban una furia y un dolor tan primitivo que asustaron a Fabia. La sangre le corría por la mejilla, pero el dolor físico no era nada comparado con la humillación de haber dejado que se llevaran a su hijo.
—Se lo llevaron, Fabia... —la voz de Damián era un rugido ronco, grave—. Dos hombres. Entraron con armas. Me golpearon... intenté detenerlos, pero le pusieron algo en la boca al niño. Se lo llevaron por las escaleras de servicio.
—¡No! ¡¡No, Dios mío, mi hijo no!! —Fabia cayó de rodillas, rompiendo en un llanto histérico, tapándose la cara. Todo su imperio, todos sus millones de dólares no valían nada en ese momento. Su hijo estaba en manos de unos monstruos—. ¿Quién hizo esto, Damián? ¿Quién querría hacerle daño a mi bebé?
Damián se puso de pie con dificultad, tambaleándose por un segundo antes de recuperar la compostura por pura fuerza de voluntad. Se limpió la sangre de la frente con la manga de su camisa y sacó su teléfono del bolsillo. Su rostro se transformó en una máscara de pura piedra, la mirada de un lobo listo para matar.
—Camila Sterling —dijo Damián, con una voz que helaba la sangre—. Mi madre no tiene los recursos ni los contactos en Boston para organizar un secuestro express en quince minutos. Camila sí. Su padre maneja los muelles. Ella sabe que Leo es mi hijo. Quiere venganza por la cancelación de la boda.
Fabia se levantó del suelo, sus ojos grises perdiendo el llanto y transformándose en dos cuchillos de hielo puro. El miedo de madre se convirtió en el hambre de una cazadora.
—Si esa maldita mujer le toca un solo cabello a mi hijo... voy a desmembrarla viva, Damián —dijo Fabia, con una calma espeluznante—. Llama a tu seguridad. Yo llamaré a Leo para que use los satélites de Vance Global. Vamos a encontrarlos.
—No vamos a usar a la policía, Fabia. Tardarán horas en poner retenes —Damián caminó hacia la puerta, abriéndola de golpe. Los guardaespaldas de la corporación ya subían por el pasillo—. Voy a ir a los muelles yo mismo. Si Camila cree que soy el mismo hombre de negocios civilizado de siempre, va a descubrir por qué mi familia domina esta ciudad desde hace tres generaciones. Quédate aquí con Leo.
—¡Ni lo pienses, Roth! —Fabia se colocó a su lado, con la barbilla en alto y la mirada llena de un fuego incombustible—. Es mi hijo. Fui al infierno por él una vez, y voy a volver a ir hoy si es necesario. Nos vamos juntos. Y más le vale a tu exprometida haber escrito su testamento, porque esta noche se metió con los dos padres equivocados.
Damián la miró, y por un segundo, en medio del pánico del secuestro, sintió un orgullo inmenso por la mujer que tenía al lado. La dulce Fabia del pasado se había ido para siempre; esta era su igual, la compañera de su vida.
—Vamos —dijo Damián, tomándola de la mano con una fuerza inquebrantable—. Vamos a recuperar a nuestro hijo.