Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 43: El pacto de la medianoche

El rugido del motor del deportivo negro cortaba la cortina de agua que caía sobre la autopista de la costa este con una violencia salvaje. Damián Roth mantenía las manos aferradas al volante de cuero, sus nudillos blancos por la presión y la gasa de su sien empapándose de una línea roja que ya le bajaba por el cuello de la camisa. La herida de la culata le causaba punzadas cegadoras, pero la adrenalina de saber a su hijo en manos de Camila Sterling actuaba como un anestésico de puro fuego.

A su lado, Fabia miraba fijamente la pantalla del localizador satelital de Vance Global, sus ojos grises fijos en el punto rojo parpadeante que se adentraba en los almacenes industriales de la bahía.

—Están reduciendo la marcha en el sector catorce —dijo Fabia, y su voz no tenía el temblor del pánico de una madre desarmada; era el susurro letal de la mujer que estaba dispuesta a quemar el mundo por su sangre.

—Vamos a llegar, Fabia —Damián desvió la vista por un segundo hacia ella, su mirada gris tormenta conectando con la de la mujer en la penumbra del auto —. Te fallé una vez en el pasado. Dejé que te arrastraran fuera de mi vista y cargué con esa maldita culpa durante cinco años. Pero esta noche... esta noche prefiero que me metan una bala en el corazón antes de dejar que toquen a nuestro hijo.

Fabia se tensó en el asiento de piel. Miró la sangre que bajaba por la mejilla de Damián, notó el temblor sutil de sus hombros por la furia contenida y, por primera vez desde su regreso de Europa, la distancia profesional desapareció por completo de su mente. Extendió su mano derecha y la colocó sobre la mano de Damián que apretaba la palanca de cambios, uniendo sus dedos en un agarre firme y desesperado.

El contacto de su piel fría contra el calor de la mano de él envió una sacudida que hizo que Damián apretara los dientes, acelerando el deportivo a fondo contra las sombras de los contenedores industriales.

—No te mueras, Roth —susurró Fabia contra el parabrisas empañado, apretando sus dedos con una fuerza que era una orden y una súplica al mismo tiempo—. Sácame a mi hijo de ese almacén, y te juro que te daré el resto de mi vida para que me demuestres que eres el padre que él merece.

—Es un trato, jefa —respondió Damián, y una sonrisa letal, la sonrisa del lobo que ha encontrado el motivo para la carnicería, se dibujó en sus labios en medio de las luces rojas del tablero.

El muelle 14 apareció al final de la línea de la costa, una estructura de hierro oxidado que esperaba la resolución de una guerra que había comenzado cinco años atrás con una mentira y que terminaría esa noche con un pacto de sangre inquebrantable.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.