Cicatrices de seda - el regreso de Fabia

CAPÍTULO 44: El muelle de las almas frías

La lluvia regresó a Boston, como si el destino quisiera replicar la tormenta de hace cinco años, pero esta noche las calles no veían huir a una víctima; veían avanzar a dos cazadores. El automóvil deportivo negro de Damián rugía por la zona industrial de los muelles del sur, seguido por tres camionetas blindadas con la seguridad privada de Vance Global.

En el asiento del copiloto, Fabia miraba la pantalla de su localizador. El rastreador que Leo había activado a través de las antenas del hotel había detectado una señal intermitente en el muelle 14, un almacén de contenedores propiedad de la familia Sterling.

—Faltan dos minutos —dijo Fabia, con la voz extrañamente calmada, aunque sus dedos apretaban una pequeña pistola de defensa personal que guardaba en la guantera.

Damián miró de reojo a la mujer a su lado. La gasa en su sien estaba manchada de sangre, pero sus manos en el volante estaban firmes.

—Cuando entremos, te quedas detrás de mis hombres, Fabia —ordenó Damián, con el tono del Alfa que no va a permitir que su familia vuelva a ser dañada—. No me importa perder la vida esta noche, pero tú y mi hijo van a salir de aquí caminando.

—No voy a esconderme, Damián. Nos arrebataron a nuestro hijo juntos, y juntos lo vamos a sacar —respondió ella, clavándole una mirada gris que derretía el hielo.

El coche frenó en seco, derrapando sobre el asfalto mojado frente a un enorme portón de metal oxidado. Las luces estaban apagadas, pero el humo de un cigarrillo delataba a los centinelas en la entrada.

No hubo advertencias. No hubo negociaciones.

Los hombres de Damián bajaron de las camionetas como un ejército de sombras. En menos de sesenta segundos, los dos guardias de la entrada estaban en el suelo, desarmados e inconscientes. Damián pateó la puerta de servicio, entrando al almacén con Fabia pegada a su espalda.

El interior del lugar olía a sal, humedad y madera podrida. En el centro, bajo la luz mortecina de un único reflector industrial, el pequeño Leo Jr. estaba atado a una silla de madera. Tenía los ojos abiertos, asustados, pero no lloraba. Detrás de él, Camila Sterling vestía un abrigo de piel blanco, sosteniendo una pequeña pistola cromada que apuntaba directamente a la cabeza del niño. Dos mercenarios armados la custodiaban.

—¡Atrás! ¡Un solo paso más y le vuelo la tapa de los sesos a este bastardo! —chilló Camila, con la voz desencajada por la locura del despecho. Al ver a Fabia y a Damián entrar juntos, el odio la cegó por completo—. ¡Me lo quitaste todo, Damián! ¡Mi boda, mi estatus, mi apellido! ¡Ibas a ser mío! ¡Y ahora prefieres a esta... a esta muerta de hambre y a su engendro!

—Camila, baja el arma. Esto es conmigo, no con el niño —Damián dio un paso al frente, levantando las manos, atrayendo toda la atención de los secuestradores hacia su propio cuerpo—. Si quieres dinero, te doy lo que pidas. Si quieres que firme un contrato con tu padre, lo hago ahora mismo. Pero suelta a mi hijo.

—¿Tu hijo? —Camila soltó una risa histérica—. ¡Sabía que esa vieja de Victoria mentía! ¡Es un Roth! ¡Por eso la destruiste! No, Damián. No quiero tu dinero. Quiero ver cómo se te rompe el corazón. Quiero que sientas lo que yo sentí cuando cancelaste el compromiso frente a toda la ciudad.

Camila quitó el seguro del arma.

En esa fracción de segundo, Fabia no esperó. Usando la distracción que Damián estaba provocando, levantó su propia arma y disparó directo al reflector industrial que colgaba sobre la cabeza de Camila.

¡PUM!

El enorme foco estalló en mil pedazos de vidrio, sumiendo el centro del almacén en una oscuridad repentina y caótica.

—¡Dispárenles! —gritó Camila en la penumbra.

El fuego cruzado comenzó. Los hombres de Damián arremetieron contra los dos mercenarios. Damián, guiado por el instinto más primitivo de un padre, corrió en línea recta hacia la silla de su hijo en medio de la oscuridad. Escuchó un disparo y sintió un impacto ardiente en su hombro izquierdo, pero no se detuvo. El dolor no existía. Llegó hasta la silla, cubriendo el cuerpo de Leo Jr. con todo su torso justo cuando Camila disparaba a ciegas.

Una bala impactó en el costado de Damián, haciéndolo gruñir de dolor, pero él se mantuvo firme, usando su propio cuerpo como un escudo de carne y hueso para proteger a la pequeña vida que tanto amaba.

Mientras tanto, las luces de emergencia del muelle se encendieron con un parpadeo rojo. Camila, asustada al ver que sus hombres habían caído, intentó correr hacia la salida trasera, pero se encontró de frente con Fabia.

La CEO de Vance Global no tenía piedad en los ojos. Caminó hacia ella y, antes de que Camila pudiera levantar el arma, Fabia le propinó un golpe certero en la muñeca con la culata de su pistola, haciendo que el arma cromada saliera volando por los aires. Acto seguido, Fabia la tomó por el cabello con una fuerza brutal y la estrelló contra la superficie de un contenedor de metal.

—Esto es por mi hijo, maldita infeliz —dijo Fabia, dándole un golpe a mano limpia que dejó a Camila Sterling inconsciente en el suelo, con el abrigo de piel blanco manchado de fango y sangre.

Fabia arrojó el arma al suelo y corrió hacia el centro del almacén.

—¡Damián! ¡Leo!




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