Tres días después, el sol de la primavera empezó a calentar la ciudad de Boston. En la suite VIP del Hospital General, el sonido rítmico del monitor cardíaco era el único alivio en la habitación.
Damián abrió los ojos lentamente. La luz blanca lo cegó por un momento. Sintió un dolor agudo en el costado y en el hombro, pero al intentar moverse, se dio cuenta de que su mano derecha estaba atrapada.
A un lado de la cama, el pequeño Leo Jr. estaba sentado en una silla alta, vistiendo su pijama de dinosaurios, sosteniendo con cuidado los dedos de Damián. Al ver que su padre abría los ojos, el niño sonrió con una alegría desbordante.
—¡Mami! ¡El hombre se despertó! —gritó el niño hacia el sillón del fondo.
Fabia se levantó de inmediato. Vestía un vestido sencillo de punto color crema y no llevaba maquillaje. Tenía ojeras de haber pasado tres noches seguidas durmiendo en esa silla de hospital, pero sus ojos grises brillaban con una paz que Damián nunca había visto en ella.
—Hola, Roth —dijo Fabia, acercándose al otro lado de la cama y acomodándole la manta. Su voz era suave, despojada de cualquier rastro de la "Viuda Negra de las Finanzas".
—Hola... —Damián forzó la voz, sintiendo la garganta seca—. ¿El niño está bien? ¿Camila?
—Camila y su padre están bajo arresto federal sin derecho a fianza por secuestro y crimen organizado. No volverán a ver la luz del sol en décadas —explicó Fabia, tomando un vaso de agua con un popote y acercándoselo a los labios para que pudiera beber—. Y respecto a nuestro hijo... está perfecto. De hecho, ha estado esperando a que despiertes porque hay algo que quiere decirte.
Damián tomó un sorbo de agua, sintiendo que el alma le regresaba al cuerpo. Miró al pequeño Leo Jr., quien se había subido al borde del colchón con mucho cuidado de no lastimar sus heridas.
El niño tomó el coche de carreras rojo y se lo puso en la mano a Damián.
—Mami me contó la verdad —dijo el niño, mirándolo con esos ojos grises idénticos a los suyos—. Me dijo que tú no eres mi tío Damián. Me dijo que eres el hombre de la foto de la caja de música. Mi papá. El que me dio la marca de la luna creciente.
A Damián se le llenaron los ojos de lágrimas. Miró a Fabia, quien le dedicó una sonrisa tierna, asintiendo con la cabeza. La mentira se había terminado. Su hijo sabía quién era.
—Sí, campeón... soy tu papá —dijo Damián con la voz rota por la emoción, levantando su mano buena para acariciar la mejilla del niño—. Y lamento mucho haber tardado tanto en encontrarte.
—No pasa nada —dijo el niño, dándole un beso ruidoso en la frente—. Mami dice que los caballeros a veces se pierden en el camino, pero que tú regresaste para salvarnos de los monstruos. Eres mi superhéroe, papá.
El niño se acurrucó al lado de su brazo, quedándose dormido minutos después por el aburrimiento del hospital. Damián mantuvo la mirada fija en su hijo, sintiéndose el hombre más rico del universo, a pesar de haber cedido todo su dinero semanas atrás.