Un año después.
La catedral de Boston estaba rodeada por cientos de reporteros y fotógrafos de las revistas de finanzas y sociedad de todo el mundo. Los titulares de la prensa de esa mañana eran unánimes: "La boda del siglo: La Corporación Roth y Vance Global se unen bajo una sola dinastía".
En el interior del gran templo, la música del órgano resonaba con una majestuosidad que erizaba la piel.
Damián Roth estaba de pie en el altar. Vestía un esmoquin de tres piezas hecho a mano en Italia, impecable, con una postura erguida que denotaba que las heridas del pasado habían sanado por completo, dejando solo cicatrices de orgullo. A su lado, como padrino de bodas, el pequeño Leo, de cinco años, vestía un esmoquin idéntico en miniatura, sosteniendo los anillos de oro sobre una almohadilla de seda negra.
Las puertas de la catedral se abrieron de par en par.
Fabia entró caminando sobre la alfombra roja. No vestía como la Cenicienta sumisa del archivo, ni como el frío tiburón de rojo de las juntas de negocios. Llevaba un vestido de novia de alta costura de encaje francés, con una cola kilométrica que se arrastraba con gracia y un velo traslúcido que revelaba sus facciones exquisitas. En su cuello, lucía la gargantilla de diamantes reales de Vance Global, brillando con una intensidad que eclipsaba los candelabros del templo.
Caminaba sola, con la frente en alto, con la seguridad de la mujer que había conquistado su propio destino, que había ido al infierno por su hijo y que regresaba convertida en la reina absoluta del imperio.
Damián la vio avanzar y sintió que el corazón le daba un vuelco de adoración pura. Cuando ella llegó al altar, él le tomó la mano, inclinándose para besar sus dedos con una reverencia que demostraba su total entrega hacia ella.
—Estás hermosa, jefa —susurró Damián, con una chispa de picardía y amor en sus ojos grises.
—Lo sé, Roth —respondió ella con una sonrisa felina, esa sonrisa que a él tanto le fascinaba—. Asegúrate de recordar que, a partir de hoy, yo sigo manejando el voto de control en esta casa.
—Soy tu súbdito más leal, mi reina —prometió él, mirándola con una devoción inquebrantable.
El sacerdote inició la ceremonia, y en el momento de los votos, cuando ambos se miraron a los ojos intercambiando las alianzas, supieron que la traición de hace cinco años había sido el fuego que purificó el oro de su amor. Habían destruido a sus enemigos, habían protegido a su hijo y ahora se levantaban juntos, dueños de la ciudad, de sus millones y de un lazo que ni el tiempo, ni la distancia, ni la maldad habían logrado romper.
La cacería había terminado. El lobo y la cazadora finalmente habían encontrado su hogar en el mismo imperio.
FIN
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