Cicatrices del Pasado

Capítulo 2: Una noche teñida de envidia

Neya

El club nocturno estaba lleno a reventar; la música retumbaba en las paredes y las luces de colores neón cortaban la oscuridad del lugar. Era la noche de festejo que todos habíamos esperado tras semanas de encierro por los proyectos finales. Tomás estaba a mi lado en la barra, pidiendo una ronda de bebidas para nuestro grupo de la facultad, derrochando esa gracia rústica y alegre que siempre lo hacía el alma de la fiesta.

—¡Por el fin del semestre y por la futura señora Lewis! —brindó Tomás alzando su vaso, chocándolo con el mío con una complicidad verídica y pura.

—¡Salud por eso! —respondí con una sonrisa limpia, sintiendo las famosas cosquillas en la barriga al pensar en Harry.

Saqué mi teléfono del bolso por quinta vez en la noche. Tenía un mensaje de mi prometido diciendo que sus tutorías de derecho se habían retrasado, pero que saldría de la universidad lo más rápido posible para alcanzarnos. Sentía una seguridad verídica sabiendo que vendría, pero el ambiente del lugar empezó a sentirse extraño. Tomás regresó de la pista con dos tragos nuevos que un mesero nos había dejado en la mesa alta.

—Toma, Neya, los muchachos mandaron otra ronda —dijo Tomás, dándome un vaso corto.

Le di un trago largo. El sabor era inusualmente amargo, rústico, pero no le presté atención debido a la euforia del momento. Sin embargo, en cuestión de minutos, el mundo real empezó a dar vueltas de una manera salvaje. No era una ebriedad normal. Sentí los párpados pesados, una debilidad crónica en las piernas y una oleada de calor que me anuló los sentidos. Miré a Tomás y vi que él también se tambaleaba, frotándose los ojos oscuros con desesperación, perdiendo toda su suficiencia habitual.

—Neya... me siento muy raro —mancilló Tomás en un hilo de voz, apoyándose en la barra—. Esto no es por el alcohol. Vámonos de aquí, te llevaré a casa antes de que Harry llegue.

Apenas podía caminar. Con una timidez corporal provocada por el letargo, me apoyé en el cuerpo fornido de mi mejor amigo. Salimos del club arrastrando los pies, buscando el aire frío de la madrugada, sin notar que, desde un rincón oscuro de la discoteca, una silueta nos observaba con una sonrisa cargada de absoluta prepotencia y maldad.

Sienna

Ver a esa muerta de hambre de Neya Ricci sonreír con el anillo de compromiso de Harry me carcomía las entrañas con un odio crónico. Ella no merecía esa vida pulcra; ella no merecía el apellido Lewis. Harry era mío, siempre lo había sido en mi mente, y esa noche iba a ser el inicio de su fin.

Pagarle barios billetes al barman para que deslizara esa sustancia rústica y potente en los tragos de Neya y Tomás había sido ridículamente fácil. Los hombres son tan fáciles de corromper cuando el dinero derrocha suficiencia.

Desde mi auto, estacionado a unos metros de la salida del club, vi cómo salían. Ambos se veían completamente perdidos, intoxicados por el químico que les nublaba el juicio. Tomás, con una terquedad estúpida y rústica, insistió en sacar las llaves de su auto. Apenas podía mantenerse en pie, y Neya se subió al asiento del copiloto, prácticamente inconsciente.

—Eso es, par de idiotas, suban —siseé con picardía y una gracia perversa, encendiendo el motor de mi vehículo para seguirlos a una distancia segura.

El auto de Tomás arrancó a trompicones, subiendo a la carretera principal que bordeaba los acantilados del campus universitario. Conducía a exceso de velocidad, zigzagueando de manera peligrosa bajo la lluvia ligera que empezaba a caer en Los Ángeles. Yo iba detrás, saboreando la adrenalina. Mi plan inicial era que Harry los encontrara juntos en un hotel, que pensara que su preciosa prometida se acostaba con su propio hermano, pero la realidad me iba a dar un regalo mucho más letal.

Al llegar a la curva cerrada del kilómetro cuatro, el auto de Tomás perdió el control por completo. Las llantas rústicas derraparon sobre el asfalto mojado. Vi las luces rojas de los frenos encenderse con desesperación, pero fue inútil. El vehículo impactó de lleno contra el muro de contención de piedra, dando un vuelco salvaje antes de quedar destrozado a un lado de la vía, sumido en un silencio mortal y cubierto por el humo del motor.

Apagué mis luces y estacioné a un lado. Una calma verídica y fría se apoderó de mí. Bajé del auto, caminando con paso firme y una prepotencia absoluta hacia el desastre. Era hora de reescribir la historia y asegurar mi lugar al lado de Harry para siempre.



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En el texto hay: carcel, venganza, romance odio

Editado: 20.06.2026

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