Cicatrices del Pasado

Capítulo 3: La escena del crimen perfecta

Sienna

El olor a gasolina, metal retorcido y caucho quemado inundaba el aire húmedo de la carretera. Me acerqué al vehículo destrozado con una parsimonia rústica, mis tacones apenas hacían ruido sobre el asfalto mojado. Lo primero que vi fue a Tomás. Estaba desplomado sobre el volante, con la cabeza ladeada. Un silencio absoluto emanaba de su cuerpo. Me acerqué para comprobarlo: ya no respiraba.

Un escalofrío de suficiencia recorrió mi columna. No sentí remordimiento; sentí victoria. El hermano menor ya no era un problema, y su muerte servía perfectamente para mis propósitos.

Giré la mirada hacia el asiento del copiloto. Neya estaba inconsciente, con el rostro pálido y un corte sangriento en la frente. Era el momento de ejecutar la parte más importante de mi plan. Abrí la puerta del conductor con fuerza y, haciendo acopio de una energía rústica que desconocía tener, forcejeé con el cuerpo inerte de Tomás para sacarlo del asiento. Fue una tarea difícil, pero mi prepotencia y el deseo de quedarme con Harry me dieron la fuerza necesaria. Lo deslicé hacia el lado del copiloto, acomodando su cuerpo para que pareciera que él simplemente acompañaba a quien conducía.

Luego, me moví hacia el asiento del piloto. Tomé a Neya por los hombros y, con una brusquedad salvaje, la arrastré hasta posicionarla frente al volante. Coloqué sus manos, aún tibias, sobre el aro de cuero y aseguré su cuerpo contra el asiento, inclinando su cabeza hacia adelante para que pareciera que el impacto la había dejado ahí tras el choque.

—Disfruta tu celda, pequeña mosquita muerta —siseé en un hilo de voz, admirando mi obra con una frialdad verídica—. Harry nunca perdonará a la mujer que mató a su único hermano. Ese puesto a su lado ahora está libre, y es mío por derecho.

Escuché a lo lejos el sonido de las sirenas. Los equipos de emergencia se acercaban. Me alejé de la escena con pasos rápidos y decididos, sin dejar ni una sola huella, sin que nadie viera mi presencia. Me subí a mi auto y me escondí en la oscuridad de los árboles a esperar. Vi llegar las ambulancias, vi las luces azules y rojas iluminar el desastre. Vi cómo los paramédicos sacaban a Neya del asiento del conductor mientras los policías tomaban fotos, anotando las evidencias que yo misma me encargué de alterar.

La manipulación había sido quirúrgica. Nadie dudaría de que la "prometida ebria" había perdido el control, terminando con la vida de su mejor amigo y hermano de su novio.

Perspectiva de la escena (Narrador)

Mientras la lluvia se intensificaba, la escena del crimen terminaba de ser procesada bajo la mirada impasible de la justicia, que no sabía que estaba siendo engañada. Los oficiales confirmaron el deceso de Tomás Lewis en el acto. La escena era inequívoca: el auto había salido de la curva por exceso de velocidad, y la conductora —Neya Ricci— era la única que permanecía con vida, aunque inconsciente.

Nadie notó la sutil marca en la ropa de Neya que no coincidía con el ángulo del cinturón de seguridad del piloto, ni la posición forzada de sus pies. En la mente de los investigadores, todo estaba claro. El alcohol, la velocidad y la imprudencia de una joven universitaria habían destruido a una familia.

A escasos metros, oculta en la penumbra de su vehículo, Sienna observaba con una sonrisa de suficiencia absoluta. Había creado el caos, había eliminado al "estorbo" de Tomás y había preparado el terreno para que Harry Lewis, el hombre de sus obsesiones, viera a su prometida no como el amor de su vida, sino como el monstruo que le arrebató su mundo. La trampa estaba cerrada, y la cuenta regresiva para la vida de Neya estaba a punto de empezar.



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En el texto hay: carcel, venganza, romance odio

Editado: 20.06.2026

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