Neya
Cuatro años. Mil cuatrocientos sesenta días resumidos en el eco de rejas de metal cerrándose por las noches, el olor rústico a desinfectante industrial y el uniforme gris que borraba cualquier rastro de la estudiante universitaria que alguna vez fui. Sin embargo, la prisión de mujeres de Los Ángeles no logró destruirme. La tremenda timidez con la que ingresé se transformó con el tiempo en una armadura de dignidad pulcra y resistencia verídica.
Desde el primer día, decidí que no pasaría las horas sumidas en la autocompasión. Me gané el respeto de las demás reclusas manteniendo una conducta intachable, manteniéndome al margen de las peleas en los pasillos y derrochando una calma que varios oficiales de la guardia admiraban. Nunca tuve un solo problema en el pabellón.
—Neya, tienes una carta de la dirección académica —anunció la oficial de turno, golpeando los barrotes con suavidad.
Caminé hacia ella con paso firme, sintiendo el suelo frío del penal. Al abrir el sobre, las lágrimas acudieron a mis ojos, pero esta vez eran de un orgullo verídico y limpio. Era mi título oficial. Con la ayuda de los programas de reinserción y el apoyo incondicional de mis hermanos desde el exterior, había logrado terminar mis estudios universitarios tras las rejas, especializándome en educación infantil. El mundo real me había quitado los veintes, pero yo me había encargado de rescatar mi mente.
Miré por la pequeña ventana enrejada hacia el patio central. Ya faltaba poco. Por mi excelente comportamiento y los méritos académicos, la junta me había otorgado la libertad condicional a los cuatro años de mi condena de siete. Estaba lista para salir, libre de culpa mortal en mi alma, aunque sabía que el regreso a la sociedad civil sería rústico y caótico.
Harry
El gran ventanal de mi oficina en el piso de la firma Lewis derrochaba una vista espectacular de la ciudad, pero dentro de mi pecho solo había un invierno crónico y helado. Cuatro años habían pasado desde la muerte de Tomás y el juicio de Neya, y mi vida se había convertido en un monumento al despecho y a las decisiones correctas ante la sociedad, pero vacías en la intimidad.
Escuché la puerta abrirse y el perfume empalagoso de Sienna inundó el pulcro espacio. Portaba un vestido de alta costura, moviéndose con esa prepotencia de diva que ahora me resultaba insoportable.
—Harry, mi amor, la decoradora llamó para confirmar los detalles de la fiesta de cumpleaños de la niña —dijo ella en un hilo de voz que fingía dulzura, acercándose a mi escritorio para anular los centímetros de distancia.
—Págale lo que pida, Sienna. No tengo tiempo para revisar presupuestos de fiestas —le respondí con mi voz ronca y fría, sin levantar la mirada de mis contratos de artillería civil y leyes.
Casarme con Sienna había sido el peor error de mi existencia, un pacto sellado en medio de mi debilidad y dolor crónico por la pérdida de mi hermano. Lo hice por despecho, creyendo que su apoyo verídico curaría las heridas, pero la realidad fue rústica. Tuvimos una hija, una pequeña hermosa que era el único sol en mi tormenta, pero el matrimonio carecía de alma. Aunque Sienna intentaba manipular cada aspecto de mi rutina, yo no podía tocarla sin sentir un rechazo absoluto.
A pesar de los años, a pesar del odio rústico que me obligaba a recordar a Neya como una asesina, mi mente seguía atrapada en el campus universitario, amando con una locura destructiva el recuerdo de la mujer que me destruyó la vida. No tenía idea de que, a pocos kilómetros de mi oficina, las rejas de la prisión se abrían para dejar en libertad a mi pasado.